Archivo de la categoría: Opinión

LA PARADÓJICA CLASE MEDIA

la foto (5)Por Jorge Aranda Ortega, Abogado. 

En Chile es común escuchar muchas y apasionadas voces defendiendo a la clase media. Muchos también dicen que está desapareciendo, que peligra, que se le trata con dureza y desigualdad; de la misma forma, nadie cometería un suicidio político queriendo declamar incendiarios discursos contra la clase media. Así, ante los ojos perplejos del criticón, mientras los ricos se vuelven más ricos, y los pobres reciben bonos y más bonos, la clase media queda en un desamparo económico, social, y hasta identitario… ¡Si! Identitario, porque pese a que es una clase “desprivilegiada”, todos quieren ser de la clase media. Revisemos brevemente el porqué.

Si usted se pregunta qué tienen en común habitantes de barrios acomodados en comunas como Las Condes o La Reina con los habitantes de barrios de comunas populosas como Maipú o La Florida, es esa autodenominación: ser de la “clase media”. Esa autodenominación a veces llega al absurdo cuando escuchas decir a alguien que vive en un barrio supinamente ricachón, en pose de letanía: ¡Soy de la clase media! Del mismo modo, también es posible de escuchar a alguien que vive en una comuna muy modesta, con emprendedora convicción de hierro dice: ¡Soy de la clase media! Sin embargo, entre ellos, en principio, no hay nada en común salvo un detalle en mi opinión, un detalle a veces notorio: la vergüenza.

El pobre emprendedor rige su vida por el consumo, y quiere tener más y más para ser alguien en una sociedad hostil y competitiva. Hoy en día, lo importante es “tener” por sobre “ser”. ¿No me cree? Pregúntele a varios niños qué quieren ser cuando grandes, y muchos dirán cosas como “tener una casa grande”, o “tener un auto como el de Arturo Vidal”, o que se yo. De seguro, si a usted de pequeño le preguntaban qué quieres ser cuando grande, respondería algo como “quiero ser astronauta”, o “quiero ser veterinario y curar a los animalitos”… Hoy la imaginación infantil se proyecta en “tener”, y no en “ser”, y la del emprendedor muy lejos no anda. El pobre emprendedor, en nuestra sociedad, a la postre es como una “pelota cuadrada”, pues… ¿Cómo puede ser permanentemente pobre un emprendedor? Hay gente que inicia negocios y triunfa, pero muchos no, y ellos ocultan su vergüenza en esta pertenencia arribista a la clase media. Yo no sé si son muchos o demasiados los emprendedores que nunca triunfaron ni triunfaran, pero sospecho que pocos no son, y los que quieran vestir ese disfraz “clase-mediero” supongo deben ser un conjunto no menor de personas.

Por otra parte, está el rico abajista. ¿Qué lo moverá a colocarse en una clase social más baja? Sospecho que es la vergüenza también, la vergüenza de ser responsable de parte de las desigualdades en esta cultura del “tener”. Él es en parte responsable de eludir impuestos e imputar a los gastos de su sociedad un vehículo de uso familiar y las compras del supermercado. En parte es responsable de hacerle creer a los fracasados emprendedores que pueden ser como él. Es el “cuico choro” que se vende como emergente, que crece, que gana dinero, pero que no es cómo los demás acomodados. Puede ser que le guste predicar los domingos el cristianismo, y en el resto de la semana atrasa el reloj de la faena  para que sus empleados trabajen unos quince minutos más. Es aquel que  insulta la inteligencia ajena con su discurso del éxito, aquel paga menos por la universidad de sus hijos que por el colegio en el que estudiaron, pero que para las cámaras y los discursos es “clase media”… ¿Lo dirá por empatía o por vergüenza? Si es por empatía, lo dirá por razones electorales. Si es por vergüenza, de seguro que algo de la prédica dominical le perturba como una gotera en medio de un oscuro salón vacio.

Entonces, si tenemos vergüenza de tener muy poco, o de tener mucho… ¿Por qué no tener una sociedad menos desigual? Dudo mucho que exista una sociedad en la que todos seamos iguales (o para muchos: ¡idénticos!), y si bien siempre habrá alguien que goce de algún privilegio, mas creo que esta vergüenza escondida, que pretendo describir, habla mucho de lo que somos hoy: una sociedad en que las desigualdades no son justas, no dependen del talento, simpatía, esfuerzo o creatividad, sino que dependen por regla general de la cuna, el apellido, el colegio en el que estudiaste, entre otras cosas… Si no me cree, pensemos en los siguiente, por ejemplo: ¿Qué es lo primero que le preguntan en una entrevista de trabajo promedio? Pueden ser preguntas como: “¿Y cuál es su apellido?”, “¿En qué colegio estudió?”, “¿Y fuiste compañero del Caco apellido-con-muchas-erres-y-muchas-zetas”, etc. Al final, posiblemente, le preguntaran: “¿Y usted sabe hacer bien su trabajo?” “¿Cómo aprendió?” “¿Cuénteme más sobre su experiencia?”…

Así las cosas, el dolor de la vergüenza se hace más tenue consumiendo, comprando, endeudándose, y mostrando lo que se tiene en esta sociedad del “tener”; paradójicamente, ese consumo es el que fertiliza la vergüenza del que tiene mucho y es abajista, y del que tiene poco y quiere trepar, y que, conjuntamente, se agrupan en esa fantasmal clase media. Posiblemente, y de esta manera, el consumo se convierte en una especie de poderosa droga que satisface y daña a la vez, que opera como mecanismo de control social.

Esta reflexión, criticable o no, hoy en día no nos debe ser indiferente, pues se discute una reforma tributaria, y muchos la festejan o refutan basándose en argumentos trasnochados, otros en cifras duras, o en sensatos discursos, y hasta en aseveraciones terroríficas. Quizá, y junto a ello, sería sano preguntarse sobre la identidad de una clase que, alguna vez, le dio a este país pujanza, que puso a su disposición sus talentos y esfuerzos para llevar a esta copia feliz del Edén a ser menos una copia, y a ser más país feliz.

Anuncios

La Nación Flaite

la foto (5)Por Jorge Aranda Ortega, abogado. 

Un día, por acaso, por la brutalidad de los humanos que desean tener la razón sin decir lo que los demás quieren escuchar, por la frialdad de las armas, algunos se hicieron del gobierno de un país lejano de todo pero, hasta ese entonces, cercano a su propio corazón. Le quitaron sus ansias más honestas, embrutecieron a una oligarquía de aparente buen olfato, criada en un proyecto civilizador medianamente serio. Al que no era oligarca, le enseñaron a callar por las malas o por las peores, y así emergió una nación triste, huérfana, que se intenta vestir con alegrías ajenas… Nació mi nación, la nación flaite.

Ya ni recuerdo como apareció ese adjetivo, porque quizá nació antes de lo que pienso, mucho antes, y sólo se hizo evidente de modo repentino, como un salpullido que no se puede esconder, con hedores que no se pueden disimular con jabón y perfume importado. Pero lo cierto es que, en principio denota falta de cultura, segregación (voluntaria o involuntaria) de quienes les “patinah lah sh”, de quienes “seh vahn (o no seh vahn) en purah falaciah poh oeh”, de quienes, ladrillo a ladrillo, han construido un dialecto del castellano que, supongo, será objeto de estudio de lingüistas y filólogos en cien años más, revisando los modismos aparecidos en La Cuarta, en Las Últimas Noticias, y que estarán en archivos de audio, en los que se escuchará con detalle el acento de pobladores, de políticos, de futbolistas, y de periodistas, todos en un mismo saco: el saco de los flaites del siglo XXI… Y es que antes se era roto, y a mucha honra, pues los rotos tienen el orgullo nacionalista de haber ganado una guerra en el siglo XIX; sin embargo, el flaite ha perdido una guerra contra el consumo sin siquiera oponer resistencia, convirtiéndose en una especie de siervo de todo lo extranjero, de lo importado, de lo barato que se vende caro, de la apariencia de cultura basada en el lujo vacío, como las zapatillas Lacoste de un washiturro.

Flaites son ellos, son los pobre flaites… Pero también hay flaites que hablan con otro acento especial, como si se tratase de tener un tubérculo desproporcionado en la boca, con una “tr” trapeada, leve, y con una pseudo-agudez  en el “tonito patronal” que trata de emular una grandeza pretérita, pero que en verdad nada vale, ni para comprar unas gomitas de eucalipto en la micro. Son ellos, los ricos y todos sus imitadores, derivados, amigos y miembros del mismo club. Son quienes primero apuntan con el dedo al flaite, estigmatizándolo, tratándolo como si fuera un subproducto de la misma civilización del consumo que pregonan. Son aquellos orangutanes rubios que en la entrevista de trabajo primero te preguntan “¿Cómo se llama? ¿Su apellido? ¿De dónde es usted?  ¿En qué colegio estudió? ¿Sus padres a qué se dedican?…” Y suma y sigue un interrogatorio sobre el status social, que puede ser horrible, cruel, y perverso, para preguntar luego de veinte minutos: “Y usted… ¿Qué sabe hacer? ¿Dónde lo aprendió? ¿Se siente capaz para este cargo?…” ¡Flaite! ¡Super flaite! ¿Dígame si es o no es flaite que lo último que importe en un trabajo es saber si usted sabe o no sabe hacer su trabajo? ¿Si es o no es flaite contratar a alguien sólo porque tiene un apellido plagado de “erres” o plagado de “zetas”, con flatulencia a un etéreo pasado vasco? Son esos flaites aparentemente bien vestidos que se pasean en autos caros, que tratan a los demás de inferiores, que se ufanan de una cultura superior… Son los que fueron en masa al primer McDonalds  que se abrió en Chile para comer comida francamente flaite, pero a la usanza estadounidense, claro está… Porque, en el sentir de los flaites, un extranjero del primer mundo podrá ser inculto, mal educado, hablar pésimamente su idioma, tener pésimos modales, ser egoísta, arrogante, y hasta sucio… Pero si es extranjero y habla un idioma asociado a una divisa a bien traer, es totalmente imposible que sea flaite. Por tanto, si esos sujetos comen una comida de dudosa calidad alimentaria ¿Por qué no comerla para intentar ser como ellos, pese a ser incultos, mal educados, hablar pésimamente nuestro idioma, tener pésimos modales, ser egoístas, arrogantes, y hasta sucios?

Flaite también es quien desea ser diferente sin dejar de ser, a final de cuentas, flaite. Es quien “patinándoleh lah sh” ensaya día a día un discurso aspiracional, trata de vestirse con la ropa de los flaites ricos a punta de endeudamiento o de falsificaciones de las marcas de ropa propias del status deseado. Ensaya el acto de “rotear”, de tratar a alguien de inferior por detentar una condición social más humilde,  siendo incluso más honesta, pulcra, y asumida que la del trepador. Ensaya, cual torpe actor, “el tubérculo en la boca” y la “tr trapeada”, pero sin abandonar del todo la “patinadah deh sh poh oeh”, combinando en sí mismo, en sus expresiones más cotidianas y humanas, lo más repulsivo de dos clases sociales. Este flaite es terrible, es cruel, porque, para él, es una obsesión dejar de ser flaite tratando de parecer adinerado, copiando los gestos del adinerado… Pero tristemente, no hace sino sumar exponencialmente lo más flaite de lo flaite, y termina convirtiéndose en una caricatura vívida, penosa, que trata sin éxito de huir de su propia sombra. Esta es una forma muy triste de ser flaite.

A la inversa, es muy flaite quien siendo un flaite de bien pasar desea aparentar ser un flaite pobre. Se viste como los desafortunados, intenta comer como desafortunado, plantea las reivindicaciones que los desafortunados no pueden ni desean hacer sólo para sentirse líderes, para sentirse mejores personas y hasta justicieros. Encuentran genial salir con una chiquilla más modesta, acceder a bienes de baja calidad que su familia jamás le proveyeron, bailar los ritmos de los pobres, y hasta brindarles una amistad enfocada, finalmente, en la vivencia cultural de ser un desafortunado… Lamentablemente, éste espíritu se diluye, y el “tubérculo en la boca” aparece con más fuerza en algún momento, volviendo estos flaites a sus casas acomodas a cortarse el pelo, a vivir mediocres y exitosas existencias, y, en el ocaso de sus juventudes, a relatar lo vivido como quien relata haber hecho un pintoresco y entretenido intercambio cultural.

Flaite soy yo también, en buena medida, por escribir estas líneas,  pues ciertamente asumo la autoridad moral y social de decirle flaite a muchos. Lo soy porque, en una actitud iluminada, les enrostro su falta de cultura, de solidaridad. Les digo que son “pencas” por mear en la calle, por no ceder la silla en el metro, por hablar mal de terceras personas a sus espaldas, siendo que he hecho y hago esas mismas cosas flaites, y quizá otras peores.

Con todo, sólo queda aceptarlo… Somos la nación flaite, creada al alero de un proyecto de civilización que quiso liberalizarlo todo, incluso su propio proyecto educativo y cultural. Así, los llamados referentes de la ochentera “Cultura Huachaca” de Huneus triunfaron, y encima, se profundizaron… Somos flaites, y se clama por educación  en las calles, porque la educación es necesaria e imprescindible para tratar esta dolencia… Se trata de ser educado simplemente, lo que nada tiene que ver con creerse mejor, con fomentar autoritarismos morales, o con pensar que todos están equivocados excepto yo. Somos una generación que sufre este estigma a todo nivel social y de ingresos. Debemos mejorar, pero… ¿Cómo hacerlo?

Etiquetado , , , ,