Archivo de la categoría: Opinión

NO SON MUEBLES

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Por Jaime Andrés Valladares

 

 

 

 

 

 

 

 

“(…) su filosofía de la libertad fue ganar la suya sin atar a otros y sobre los otros no pasar jamás.
Aunque fue de todos, nunca tuvo dueño que condicionara su razón de ser; libre como el viento era
nuestro perro, nuestro y de la calle que lo vio nacer (…) era la ternura que nos hace falta cada día más”
                                                           (Alberto Cortez)

 

 

De vez en cuando, me encuentro a un perro mirando la ciudad en la entrada de una antigua residencia. Se ve estoico; sereno; casi filosofando, me atrevería a decir. Sé que me observa cuándo paso; porque me ha visto muchas veces. El otro día me detuve y conocí a su “dueña”. Una simpática y amable abuelita que me comentó que su querido amigo pedía  – a su manera – todas las tardes sentarse en las escalinatas; para observar. Ver el tránsito, supongo, o a los presurosos peatones que a esa hora solo esperan llegar a un hogar. – Ya conoce a algunas personas y las saluda –, me dice.

Me quedé pensando entonces en la naturaleza de su relación. En la soledad. En Eleonor Rigby. No sé por qué Eleonor Rigby. Será tal vez que mi Ipod solo contiene música de los Beatles o que Eleonor Rigby estaba sola, y habría sido feliz con un amigo canino que le pidiera mirar la ciudad en las tardes.

Los animales siempre han tenido relevancia en nuestras vidas, mas, ahora, han adquirido una relevancia y reconocimiento en el ámbito legal. Esto habla bien de una sociedad; puesto que una sociedad que evoluciona jurídicamente evita cualquier tipo de dogmatización. Repensar nuestro ordenamiento es elevar el estándar de justicia.

Actualmente se encuentra en discusión el Proyecto que busca modificar la calificación jurídica de los animales en el Código Civil (Boletín Nº 12581-07), puesto que a la luz del orden jurídico actual, son considerados cosas muebles. Se busca, con esta modificación, que sean considerados seres sintientes, lo que se encontraría en directa armonía con la actual legislación interna e internacional.

El referido proyecto cuenta con el apoyo transversal de diversos agentes políticos y connotadas figuras del ámbito público, existiendo una campaña impulsada por la Fundación Vegetarianos Hoy, denominada #NoSonMuebles, que busca concientizar a la ciudadanía respecto al cambio propuesto en nuestra legislación.

Hoy pasé caminando por la residencia; y ahí estaba, fiel a su estilo, mi amigo canino. Me senté en la escalinata para ver el mundo desde su perspectiva. Y vaya que educativo fue.

LA PRIMERA PIEDRA

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      Por Jaime Andrés Valladares

 

 

 

 

 

 

“Ellos no ven valor en ti, pero yo sí lo hago”

– The Smiths

 

La figura de Jesús no solo es relevante desde un punto de vista religioso, sino, además, desde una perspectiva histórica y filosófica.

Se indica en las escrituras, que en una oportunidad el nazareno abogó por la vida de una mujer que era acusada de adulterio, lo que era penado mediante lapidación.  Las famosas palabras que pronunció en ese momento son de lato conocimiento: que quién se encuentre libre de toda culpa, sea el primero en arrojar la piedra.

Es, posiblemente, una de las mejores lineas históricas de la Biblia. Mas, ¿cuál es el alcance de dichas palabras?

Podemos argüir que la frase tiene al menos tres implicancias:

La más general y obvia:

  1. Todos hemos cometido errores en algún punto

De la cual se deriva:

       2. Es menester observar y enmendar los propios errores

Y, por último, una tercera expresión de la frase en la que quiero detenerme:

       3. Es necesario evitar cualquier prejuicio

Cuando Jesús emite la frase, no efectúa opinión alguna: establece, no obstante, un marco moral objetivo en el cual debe circunscribirse la conducta; en otros términos, persona alguna puede participar del acto de lapidación a menos que de forma consciente y objetiva se encuentre libre de toda culpa y error.

No es, como pareciera a primera vista, no juzgar en el sentido jurídico de la palabra, sino, en otra sede, no prejuzgar moralmente.

Esto adquiere suma relevancia en un mundo donde abundan las noticias falsas y la falta de verificación de la información que circula en las redes sociales.

Pero esta tercera expresión puede, a su vez, analizarse desde otra perspectiva: cuando nos desprendemos de los prejuicios morales, somos capaces de ejercitar el libre pensamiento. La solidificación de las ideas, prafraseando a Berlin, es la muerte del libre pensamiento. Es necesario someter a nuestros pensamientos a una revisión técnica de vez en cuando, puesto que de otro modo, corremos el riesgos de creernos poseedores de una sabiduría que no es tal, ingresando a un estado de estancamiento de las ideas.

Desprenderse de la piedra permite una simetría en la discusión: mi otro, se encuentra en la misma posición que yo, y desde esa plataforma, mediante la argumentación y exposición de ideas, podemos lograr un trabajo que sea de beneficio para ambas partes.

Me imagino que los ciudadanos que ese día voluntariamente guardaron la piedra, revisionaron sus ideas debido a que cierta lógica deben haber encontrando en las palabras del nazareno. Un intercambio que benefició a ambas partes, salvando a una y logrando la circulación de ideas y análisis critico para otra.

BATMAN & SÓCRATES

 

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             Por Jaime Valladares

 

 

 

 

 

 

 

 

“Gordon: Siempre pensé que te importaba más la justicia que la ley.

Batman: Ya sabes que no funciona así.”

                              Del Cómic, “Batman, el abogado del Diablo”, escrito por Chuck Dixon

 

 

El Joker ha sido condenado por un crimen que no cometió. El comisionado Gordon y Batman sostienen una conversación bajo la lluvia. Este último tiene la certeza de que el Joker es inocente por el delito que ha sido juzgado. James Gordon intenta convencer a Batman de que el Joker se ha ganado con creces la condena; que esta vez no se ha librado. Que ello es justo. Mas el hombre murciélago, sin perjuicio de la razón que pueda existir en las palabras de Gordon, sabe que, a pesar de ello, no es factible quebrantar la Ley.

Esta magnifica escena del cómic escrito por Chuck Dixon e ilustrado por Graham Nolan y Scott Hanna, recuerda la conversación sostenida entre Critón y Sócrates, en la reproducción efectuada por Platón.

Recordemos que el filosofo griego Sócrates fue condenado a muerte por los tribunales atenienses, por corromper con ideas a la juventud y por no creer en los dioses de la ciudad. En el referido dialogo, Critón, amigo y admirador del filósofo, visita a Sócrates en la cárcel, e intenta por todos los medios convencer a Sócrates que se fugue y salve su vida, lo que implica, por cierto, incumplir la condena.

Célebres son las palabras del filósofo, quién, mediante un ejercicio dialéctico ilustra a Critón las razones por las que le es imposible fugarse:

“[e]s preciso, por consiguiente, no hacer jamás injusticia, ni volver el mal por el mal, cualquiera el que haya sido que hayamos recibido”

Luego, en un ejercicio retórico, mediante el cual imagina un dialogo con la propia Ley, señala:

“(…) si mueres, morirás víctima de la injusticia, no de las leyes, sino de los hombres”.

Para Sócrates, el quebrantar la ley, sería un acto de injusticia, toda vez que el mismo se ha sometido y ha vivido en la Polis bajo los dominios de esta.

En el cómic, durante el juicio, el Joker se jacta imprudentemente de haber cometido una serie de graves delitos, mas no el que se le imputa. El jurado, por unanimidad, decide, no obstante, que sea condenado a muerte. Batman, atormentado por un ansía irrefrenable de verdad, visita a su némesis en la cárcel, y le pregunta:

“No fuiste tú. ¿Verdad?”

Esta frase es peculiar, puesto que demuestra la existencia de una convicción de parte de Batman y, además, una suerte de inconsciente anhelo por reafirmar esta verdad en las palabras del propio villano. Cómo podríamos advertir, ambas partes se nutren mutuamente.

Pero el Joker, aún ad portas de la muerte, no puede evadir su propia personalidad, complicando aún más la existencia de un atribulado Batman:

“Ja. Eso solo lo sé yo. A ti te toca descubrirlo”

Siempre he considerado a Bruce Wayne/Batman  una personalidad atormentada: existe esta cierta dicotomía entre el completo rechazo a la injusticia mediante la persecución de los culpables  y, a su vez, el sufrimiento que implica obrar conforme a las máximas y principios en esta búsqueda de lo que es justo. Sufrimiento, porque, a diferencia de otros superhéroes, Batman no tranza con sus principios.

En ocasiones, es expuesto a situaciones en que lo que es correcto, dista sideralmente de lo que podría ser utilitariamente beneficioso, debiendo elegir el actuar que se ajuste necesariamente a sus máximas y a la ley. En ese sentido, Batman es también el más Kantiano de los superheroes: actúa por deber aunque ello implique un sacrificio o le sea desfavorable y adverso el resultado.

Hay algo admirable y a la vez profusamente desolador en su actuar, dado tal vez por la soledad que implica la auto-imposición de máximas que en muchos casos, sólo él observa y cumple, dentro de una estructura moral que no admite pliegues: una suerte de vela que ilumina, resiste y se consume, en un océano de oscuridad.

KINTSUGI

PUERTAS

 

Por Jaime Andrés Valladares

 

 

“El mundo nos rompe a todos, y después muchos se vuelven más fuertes en los lugares rotos”.

Ernest Hemingway, Adiós a las armas.

 

“Los números primos son lo que queda después de eliminar todas las pautas. Yo creo que los números primos son como la vida. Son muy lógicos pero no hay manera de averiguar cómo funcionan.”

Mark Haddon, El Curioso Incidente del Perro a Medianoche

 

Cuando niños nos educan para ser perfectos. La máxima calificación es un número primo del que poco sabemos. Y nos obstinamos para lograr el máximo puntaje, no un cinco, no un cuatro, ni pensar correr el riesgo de bajar del umbral mínimo de calificación. No debemos fallar. No hay espacio para el error. Luego creces, si sigues la senda rectilínea del éxito irás a la Universidad y luego obtendrás un trabajo del que harás gala en LinkedIn.

Es un escenario perfecto.

Pero, ¿qué ocurre cuando no eres el mejor de la clase? ¿cuándo no te aceptan en la Universidad? ¿cuándo no encuentras trabajo? ¿cuándo el rectilíneo camino del éxito se torna curvilíneo?. Te aterrorizas. Porque te enseñaron a ser perfecto. A ser el mejor de la clase. A no decir “malas” palabras. A ser fuerte. A sonreír, a pesar de todo.

Mas, la verdadera fortaleza proviene de los fracasos. De las notas rojas. De los cuatros. De las expulsiones de clase. De las incontables pérdidas para las que nadie se encuentra preparado.

Los japoneses ocupan una técnica de reparación de céramica denominada Kintsugi, que consiste en la reparación de los objetos rotos con una resina de oro: en vez de ocultar las fracturas o roturas, se embellecen, puesto que son parte de la historia del objeto.

Las heridas nos fortalecen.

Esa es la belleza del error. Porque lo que debe ser se asocia a una estricta pauta que nos compele a actuar de determinada forma. El errar, en cambio, te enseña que las variaciones de pauta son inevitables; existe cierta libertad en ello. En saber, que puedes equivocarte, aprender y seguir.

Hace poco tiempo atrás fui padre. No quiero que mi hijo sea perfecto. Quiero simplemente que sea ÉL, y tener la capacidad de entenderlo en su camino, con todas las esquinas y curvas que traiga el recorrido.

NO HAY CUCHARA

 

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                    Por Jaime Andrés Valladares

 

 

 

 

 

 

 

 

“No intentes doblar la cuchara, eso es imposible. En cambio, solo intenta darte cuenta de la verdad: no hay cuchara. Entonces verás que no es la cuchara la que se dobla, sino solo tú mismo”. 

– Matrix

 

Hace un par de días atrás, estuvo en nuestro país el connotado científico británico Anil Seth, académico de la Universidad de Sussex y editor en jefe de la revista Neuroscience of Consciousness, Oxford Unniversity Press. Sostiene, el profesor Seth, que nuestra realidad no es sino el consenso en nuestras alucinaciones.  Y esto, debido a que interpretamos la realidad mediante nuestros sentidos, de acuerdo a nuestras experiencias previas. Así es como en una serie de ejemplos didácticos, Anil Seth nos demuestra que lo que consideramos como real no es sino una construcción cerebral en relación a los estímulos que recibimos en conjunto a nuestro historial de experiencias.

El cerebro, además, suele adelantarse a determinadas acciones, como una suerte de máquina predictora. El problema radica en que al ver la realidad como somos, y no cómo es, tomamos como preconcebidas determinadas ideas de la realidad que perfectamente pueden no coincidir con lo que efectivamente ocurre.

Es bastante conocida la alegoría Platónica en la que individuos situados en una caverna, confunden sombras inanes provenientes de los objetos del exterior con la realidad. Mas, de igual modo, se presenta un obstáculo: aunque pudiésemos concebir esta idea de lo aparente y lo real en toda su extensión, hay una limitación biológica y física que nos imposibilita adquirir un conocimiento absoluto de las cosas.  Así, dicho esto,  – posiblemente – por mucho que le expliquemos a nuestro gato que es la teoría de la gravedad, no podrá el mismo concebir la misma, más que con un desganado miau de indiferencia total. Puede ello perfectamente ocurrirnos a nosotros. Pensamos que nos es posible abarcar el conocimiento de todas las áreas en su totalidad, mas puede que perfectamente pasemos por alto un sinnúmero de eventos que no logramos percibir, ni determinar y ni siquiera concebir.

Por lo pronto, las enseñanzas de la neurociencia en este campo nos invitan a reflexionar sobre nuestras percepciones del mundo, y los demás, adquiriendo la humildad de reconocer que el otro puede tener una percepción distinta en base a sus propias experiencias, lo que no invalida su concepción del mundo por ser contraria a la mía. La neurociencia nos invita a ser respetuosos. Porque la cuchara no existe. Y somos nosotros los responsables de determinar que hacemos con esta.

I DO CARE

 

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                 Por Jaime Andrés Valladares

 

 

“Nada importa realmente, cualquiera puede darse cuenta, nada es realmente importante para mí”

– Bohemian Rhapsody / Queen

 

 

 

 

 

Otro de los aspectos que evidenció recientemente la encuesta CEP, fue la falta de politización de nuestra sociedad. A la pregunta, “¿Conversa en familia sobre política?”, un 9% respondió, ‘frecuentemente’; un 31%, ‘a veces’ y un 60%, ‘nunca’. De igual modo, respecto a la pregunta “¿Sigue temas políticos en redes sociales como Facebook, Twitter?”, un 9%, respondió, ‘frecuentemente’; un 17%, ‘a veces’ y un 73%, ‘nunca’. Dato curioso este último tratándose de redes sociales, dónde el flujo de información y nivel de participación es considerablemente elevado en nuestro país.

Enumerar y escudriñar cuales son las razones de esta falta de politización en nuestra sociedad, sin lugar a dudas da para numerosos estudios, no obstante, podemos elucubrar cuál es la importancia práctica de la política.

La sociedad como tal, está compuesta de un sinnúmero de relaciones interindividuales. Aristóteles señalaba que el ser humano es por definición un ser social  (zoon koinonikón) y político (zoon politikón), como consecuencia, tiende a asociarse junto a otros seres humanos formando comunidades y participando activamente en la organización de las mismas. Mas la vida en sociedad no está exenta de conflictos; el conflicto está latente permanentemente en cada una de las situaciones diarias que enfrentamos en sociedad. Para resolver estos conflictos de forma pacífica, debemos necesariamente argumentar; debatir y encontrar puntos de encuentro, de otro modo, la asociación entre personas cuyos pensamientos y opiniones son dispares se tornaría insostenible. He ahí, precisamente, una de las funciones prácticas de la política.

Y es que a lo largo del tiempo, hemos asociado la política a candidatos y partidos políticos propiamente tales, no obstante, estas son esferas o dimensiones de Lo Político. Para ilustrar con un ejemplo. Si en nuestro vecindario durante una junta de vecinos un miembro de la comunidad argumenta que la cuota para la celebración navideña de este año es muy alta en comparación a la del año anterior, otro miembro de dicha comunidad podría rebatir dicho argumento indicando que, si bien es cierto que la cuota es más elevada este año, ello se debe a que se requiere mayor grado de ornamentación. Y un tercer miembro de la comunidad, en tanto, podría señalar que la cuota no le parece elevada, pero en vez de centrarse en la ornamentación, es más relevante centrarse en la comida. Y se genera entonces un conflicto. Para resolver este conflicto, si actúan racionalmente, someterán a votación el aumento o no de cuota y la finalidad última que se le otorgará a esta. Si no resuelven sus discrepancias, este año no tendrán celebración de navidad. He ahí una dimensión de lo político.

En ese sentido, la política nos sirve como mecanismo, en tanto seres racionales y autónomos, para responsabilizarnos e inmiscuirnos en el acontecer social. Tal vez, sea necesario concientizar sobre la existencia de otras dimensiones de lo político; posiblemente, ante futuras preguntas que pretendan determinar el nivel de politización de una sociedad en encuestas venideras, el porcentaje de participación en la actividad política vaya in crescendo.

Cabe recordar las palabras del escritor español Vicenç Villatoro “(…) nos encontramos de golpe con que la persona que ha hecho pública su visión de lo colectivo, el militante, el cargo electo, el diputado, incluso el opinador que se moja con su palabra pública, se convierte en sospechoso y parece que para ciertas funciones sociales importantes añoramos al apolítico incoloro, inodoro e insípido que hace unos años convenimos que no existía. Algo hemos hecho mal, todos juntos, a lo largo de estos años, para llegar aquí. Algo hemos hecho mal si llegamos a una situación en la que castigamos a quien se compromete y a quien opina, en favor del que no se compromete y calla. Algo hemos hecho mal si la participación en la política activa, la militancia, el cargo electo o representativo se convierte en un estigma personal que lo borra todo y no se borra con nada. Porque un modelo de este tipo, si llegáramos a él, representaría graves problemas de concepto (…)”.

¿Mündigkeit?

Kant

 

 

                                        Por Jaime Andrés Valladares

 

 

 

 

 

 

 

“Pero para esta Ilustración únicamente se requiere libertad”

– Kant, en ‘Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?’

 

 

 

La palabra alemana Unmündigkeit, de difícil traducción a nuestro idioma, bien puede conceptualizarse como “inmadurez” o, como señala el traductor Agapito Maestre[1] con la finalidad de conservar la carga semántica del término en alemán, “minoría de edad”.  Así entonces, cuando Kant define Ilustración, nos dice que esta es “(…) la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad[2] (en alemán, Aufklärung ist der Ausgang des Menschen aus seiner selbstverschuldeten Unmündigkeit). Y la minoría de edad, según el filósofo, es la incapacidad de servirse del propio entendimiento. En otras palabras, la ilustración es el triunfo de la autonomía de la razón. Como bien ha advertido el profesor Oscar Godoy Arcaya, esta emancipación de la minoría de edad a través del pensar es, además, un ejercicio de la libertad:

El pensar es una práctica, un cierto uso de sí mismo, en que nos ponemos en situación de riesgo, sin saber exactamente dónde vamos. La esencia del pensamiento, en definitiva, no es sólo la autonomía, el pensar por sí mismo, sino también la experiencia de sí mismo como libertad. En efecto, pensar por sí mismo, en el plano de la vida, es una práctica de sí, en que no está en juego la verdad de las representaciones intelectuales, sino el ejercicio mismo de la libertad. En este sentido, pensar por sí mismo entraña dar un paso más allá, y arriesgarnos en un dominio donde ningún concepto o regla externa a nosotros viene a conducir y limitar nuestro entendimiento. Entendemos perfectamente cuando estamos pensando teóricamente, un axioma de la geometría, por ejemplo, pero nos resulta más oscuro el pensamiento de la acción, en especial cuando lo hacemos sin guía externo, a la luz de nuestra decisión libre[3]

Ahora bien, Kant se cuestiona – considerando el contexto histórico del texto – si vive efectivamente en una época ilustrada. Su respuesta es negativa. Haciendo hincapié, no obstante, que sí se encuentra en una época de Ilustración.

En caso que nos formulásemos la misma pregunta en la actualidad, ¿sería diferente la respuesta a la pregunta originaria de Kant?. Consultamos con dos destacados académicos. Para el filósofo Miguel Orellana, si bien la circulación de las ideas en la actualidad es más libre, existen una serie de contrapesos; para estar en una época ilustrada, por ejemplo, deberíamos todos poder distinguir entre el uso privado y el uso público de la razón. En esa misma línea el académico Fernando Quintana, al señalar que la preocupación kantiana va por lado del buen uso de la razón. Nos dice el académico, que tendríamos que formularnos en la actualidad la siguiente pregunta: ¿estamos haciendo buen uso de la razón? Para Quintana, la pregunta kantiana inicial sigue plenamente vigente. Y ejemplifica con Perelman, quién ha planteado que la falta – o existencia – de racionalidad radica en ponerse – o no – de acuerdo. Señala en este punto el académico, que uno de los grandes aportes del liberalismo, ha sido precisamente rescatar esta racionalidad. En ese sentido, es dable argüir que aún se requiere una plataforma que nos sirva de marco; hacer un buen uso de la razón para alcanzar consensos.

El término opuesto a Unmündigkeit en la lengua alemana, es Mündigkeit, que en el contexto kantiano implicaría una madurez intelectual; una emancipación del autoculpable estado de minoría de edad. Dicho esto, debemos tener plena conciencia de la vigencia de la interrogante kantiana, para no caer en la arrogancia de pensar que hemos recorrido el camino completo.

 

Referencias:
[1] KANT, Immanuel, “Respuesta a la pregunta: ¿Qué es Ilustración?”. En J..B Erhard y otros, traducción de Agapito Maestre. Madrid: Técnos, 1988 pág. 80.
[2] Ibid.
[3] GODOY, Oscar, “Liberalismo, Ilustración y Dignidad del Hombre”, en Revista Estudios Públicos N°45, 1992, pág 15. Ver, https://www.cepchile.cl/cep/site/artic/20160303/asocfile/20160303183354/rev45_godoy.pdf

 

 

 

 

LA PARADÓJICA CLASE MEDIA

la foto (5)Por Jorge Aranda Ortega, Abogado. 

En Chile es común escuchar muchas y apasionadas voces defendiendo a la clase media. Muchos también dicen que está desapareciendo, que peligra, que se le trata con dureza y desigualdad; de la misma forma, nadie cometería un suicidio político queriendo declamar incendiarios discursos contra la clase media. Así, ante los ojos perplejos del criticón, mientras los ricos se vuelven más ricos, y los pobres reciben bonos y más bonos, la clase media queda en un desamparo económico, social, y hasta identitario… ¡Si! Identitario, porque pese a que es una clase “desprivilegiada”, todos quieren ser de la clase media. Revisemos brevemente el porqué.

Si usted se pregunta qué tienen en común habitantes de barrios acomodados en comunas como Las Condes o La Reina con los habitantes de barrios de comunas populosas como Maipú o La Florida, es esa autodenominación: ser de la “clase media”. Esa autodenominación a veces llega al absurdo cuando escuchas decir a alguien que vive en un barrio supinamente ricachón, en pose de letanía: ¡Soy de la clase media! Del mismo modo, también es posible de escuchar a alguien que vive en una comuna muy modesta, con emprendedora convicción de hierro dice: ¡Soy de la clase media! Sin embargo, entre ellos, en principio, no hay nada en común salvo un detalle en mi opinión, un detalle a veces notorio: la vergüenza.

El pobre emprendedor rige su vida por el consumo, y quiere tener más y más para ser alguien en una sociedad hostil y competitiva. Hoy en día, lo importante es “tener” por sobre “ser”. ¿No me cree? Pregúntele a varios niños qué quieren ser cuando grandes, y muchos dirán cosas como “tener una casa grande”, o “tener un auto como el de Arturo Vidal”, o que se yo. De seguro, si a usted de pequeño le preguntaban qué quieres ser cuando grande, respondería algo como “quiero ser astronauta”, o “quiero ser veterinario y curar a los animalitos”… Hoy la imaginación infantil se proyecta en “tener”, y no en “ser”, y la del emprendedor muy lejos no anda. El pobre emprendedor, en nuestra sociedad, a la postre es como una “pelota cuadrada”, pues… ¿Cómo puede ser permanentemente pobre un emprendedor? Hay gente que inicia negocios y triunfa, pero muchos no, y ellos ocultan su vergüenza en esta pertenencia arribista a la clase media. Yo no sé si son muchos o demasiados los emprendedores que nunca triunfaron ni triunfaran, pero sospecho que pocos no son, y los que quieran vestir ese disfraz “clase-mediero” supongo deben ser un conjunto no menor de personas.

Por otra parte, está el rico abajista. ¿Qué lo moverá a colocarse en una clase social más baja? Sospecho que es la vergüenza también, la vergüenza de ser responsable de parte de las desigualdades en esta cultura del “tener”. Él es en parte responsable de eludir impuestos e imputar a los gastos de su sociedad un vehículo de uso familiar y las compras del supermercado. En parte es responsable de hacerle creer a los fracasados emprendedores que pueden ser como él. Es el “cuico choro” que se vende como emergente, que crece, que gana dinero, pero que no es cómo los demás acomodados. Puede ser que le guste predicar los domingos el cristianismo, y en el resto de la semana atrasa el reloj de la faena  para que sus empleados trabajen unos quince minutos más. Es aquel que  insulta la inteligencia ajena con su discurso del éxito, aquel paga menos por la universidad de sus hijos que por el colegio en el que estudiaron, pero que para las cámaras y los discursos es “clase media”… ¿Lo dirá por empatía o por vergüenza? Si es por empatía, lo dirá por razones electorales. Si es por vergüenza, de seguro que algo de la prédica dominical le perturba como una gotera en medio de un oscuro salón vacio.

Entonces, si tenemos vergüenza de tener muy poco, o de tener mucho… ¿Por qué no tener una sociedad menos desigual? Dudo mucho que exista una sociedad en la que todos seamos iguales (o para muchos: ¡idénticos!), y si bien siempre habrá alguien que goce de algún privilegio, mas creo que esta vergüenza escondida, que pretendo describir, habla mucho de lo que somos hoy: una sociedad en que las desigualdades no son justas, no dependen del talento, simpatía, esfuerzo o creatividad, sino que dependen por regla general de la cuna, el apellido, el colegio en el que estudiaste, entre otras cosas… Si no me cree, pensemos en los siguiente, por ejemplo: ¿Qué es lo primero que le preguntan en una entrevista de trabajo promedio? Pueden ser preguntas como: “¿Y cuál es su apellido?”, “¿En qué colegio estudió?”, “¿Y fuiste compañero del Caco apellido-con-muchas-erres-y-muchas-zetas”, etc. Al final, posiblemente, le preguntaran: “¿Y usted sabe hacer bien su trabajo?” “¿Cómo aprendió?” “¿Cuénteme más sobre su experiencia?”…

Así las cosas, el dolor de la vergüenza se hace más tenue consumiendo, comprando, endeudándose, y mostrando lo que se tiene en esta sociedad del “tener”; paradójicamente, ese consumo es el que fertiliza la vergüenza del que tiene mucho y es abajista, y del que tiene poco y quiere trepar, y que, conjuntamente, se agrupan en esa fantasmal clase media. Posiblemente, y de esta manera, el consumo se convierte en una especie de poderosa droga que satisface y daña a la vez, que opera como mecanismo de control social.

Esta reflexión, criticable o no, hoy en día no nos debe ser indiferente, pues se discute una reforma tributaria, y muchos la festejan o refutan basándose en argumentos trasnochados, otros en cifras duras, o en sensatos discursos, y hasta en aseveraciones terroríficas. Quizá, y junto a ello, sería sano preguntarse sobre la identidad de una clase que, alguna vez, le dio a este país pujanza, que puso a su disposición sus talentos y esfuerzos para llevar a esta copia feliz del Edén a ser menos una copia, y a ser más país feliz.

La Nación Flaite

la foto (5)Por Jorge Aranda Ortega, abogado. 

Un día, por acaso, por la brutalidad de los humanos que desean tener la razón sin decir lo que los demás quieren escuchar, por la frialdad de las armas, algunos se hicieron del gobierno de un país lejano de todo pero, hasta ese entonces, cercano a su propio corazón. Le quitaron sus ansias más honestas, embrutecieron a una oligarquía de aparente buen olfato, criada en un proyecto civilizador medianamente serio. Al que no era oligarca, le enseñaron a callar por las malas o por las peores, y así emergió una nación triste, huérfana, que se intenta vestir con alegrías ajenas… Nació mi nación, la nación flaite.

Ya ni recuerdo como apareció ese adjetivo, porque quizá nació antes de lo que pienso, mucho antes, y sólo se hizo evidente de modo repentino, como un salpullido que no se puede esconder, con hedores que no se pueden disimular con jabón y perfume importado. Pero lo cierto es que, en principio denota falta de cultura, segregación (voluntaria o involuntaria) de quienes les “patinah lah sh”, de quienes “seh vahn (o no seh vahn) en purah falaciah poh oeh”, de quienes, ladrillo a ladrillo, han construido un dialecto del castellano que, supongo, será objeto de estudio de lingüistas y filólogos en cien años más, revisando los modismos aparecidos en La Cuarta, en Las Últimas Noticias, y que estarán en archivos de audio, en los que se escuchará con detalle el acento de pobladores, de políticos, de futbolistas, y de periodistas, todos en un mismo saco: el saco de los flaites del siglo XXI… Y es que antes se era roto, y a mucha honra, pues los rotos tienen el orgullo nacionalista de haber ganado una guerra en el siglo XIX; sin embargo, el flaite ha perdido una guerra contra el consumo sin siquiera oponer resistencia, convirtiéndose en una especie de siervo de todo lo extranjero, de lo importado, de lo barato que se vende caro, de la apariencia de cultura basada en el lujo vacío, como las zapatillas Lacoste de un washiturro.

Flaites son ellos, son los pobre flaites… Pero también hay flaites que hablan con otro acento especial, como si se tratase de tener un tubérculo desproporcionado en la boca, con una “tr” trapeada, leve, y con una pseudo-agudez  en el “tonito patronal” que trata de emular una grandeza pretérita, pero que en verdad nada vale, ni para comprar unas gomitas de eucalipto en la micro. Son ellos, los ricos y todos sus imitadores, derivados, amigos y miembros del mismo club. Son quienes primero apuntan con el dedo al flaite, estigmatizándolo, tratándolo como si fuera un subproducto de la misma civilización del consumo que pregonan. Son aquellos orangutanes rubios que en la entrevista de trabajo primero te preguntan “¿Cómo se llama? ¿Su apellido? ¿De dónde es usted?  ¿En qué colegio estudió? ¿Sus padres a qué se dedican?…” Y suma y sigue un interrogatorio sobre el status social, que puede ser horrible, cruel, y perverso, para preguntar luego de veinte minutos: “Y usted… ¿Qué sabe hacer? ¿Dónde lo aprendió? ¿Se siente capaz para este cargo?…” ¡Flaite! ¡Super flaite! ¿Dígame si es o no es flaite que lo último que importe en un trabajo es saber si usted sabe o no sabe hacer su trabajo? ¿Si es o no es flaite contratar a alguien sólo porque tiene un apellido plagado de “erres” o plagado de “zetas”, con flatulencia a un etéreo pasado vasco? Son esos flaites aparentemente bien vestidos que se pasean en autos caros, que tratan a los demás de inferiores, que se ufanan de una cultura superior… Son los que fueron en masa al primer McDonalds  que se abrió en Chile para comer comida francamente flaite, pero a la usanza estadounidense, claro está… Porque, en el sentir de los flaites, un extranjero del primer mundo podrá ser inculto, mal educado, hablar pésimamente su idioma, tener pésimos modales, ser egoísta, arrogante, y hasta sucio… Pero si es extranjero y habla un idioma asociado a una divisa a bien traer, es totalmente imposible que sea flaite. Por tanto, si esos sujetos comen una comida de dudosa calidad alimentaria ¿Por qué no comerla para intentar ser como ellos, pese a ser incultos, mal educados, hablar pésimamente nuestro idioma, tener pésimos modales, ser egoístas, arrogantes, y hasta sucios?

Flaite también es quien desea ser diferente sin dejar de ser, a final de cuentas, flaite. Es quien “patinándoleh lah sh” ensaya día a día un discurso aspiracional, trata de vestirse con la ropa de los flaites ricos a punta de endeudamiento o de falsificaciones de las marcas de ropa propias del status deseado. Ensaya el acto de “rotear”, de tratar a alguien de inferior por detentar una condición social más humilde,  siendo incluso más honesta, pulcra, y asumida que la del trepador. Ensaya, cual torpe actor, “el tubérculo en la boca” y la “tr trapeada”, pero sin abandonar del todo la “patinadah deh sh poh oeh”, combinando en sí mismo, en sus expresiones más cotidianas y humanas, lo más repulsivo de dos clases sociales. Este flaite es terrible, es cruel, porque, para él, es una obsesión dejar de ser flaite tratando de parecer adinerado, copiando los gestos del adinerado… Pero tristemente, no hace sino sumar exponencialmente lo más flaite de lo flaite, y termina convirtiéndose en una caricatura vívida, penosa, que trata sin éxito de huir de su propia sombra. Esta es una forma muy triste de ser flaite.

A la inversa, es muy flaite quien siendo un flaite de bien pasar desea aparentar ser un flaite pobre. Se viste como los desafortunados, intenta comer como desafortunado, plantea las reivindicaciones que los desafortunados no pueden ni desean hacer sólo para sentirse líderes, para sentirse mejores personas y hasta justicieros. Encuentran genial salir con una chiquilla más modesta, acceder a bienes de baja calidad que su familia jamás le proveyeron, bailar los ritmos de los pobres, y hasta brindarles una amistad enfocada, finalmente, en la vivencia cultural de ser un desafortunado… Lamentablemente, éste espíritu se diluye, y el “tubérculo en la boca” aparece con más fuerza en algún momento, volviendo estos flaites a sus casas acomodas a cortarse el pelo, a vivir mediocres y exitosas existencias, y, en el ocaso de sus juventudes, a relatar lo vivido como quien relata haber hecho un pintoresco y entretenido intercambio cultural.

Flaite soy yo también, en buena medida, por escribir estas líneas,  pues ciertamente asumo la autoridad moral y social de decirle flaite a muchos. Lo soy porque, en una actitud iluminada, les enrostro su falta de cultura, de solidaridad. Les digo que son “pencas” por mear en la calle, por no ceder la silla en el metro, por hablar mal de terceras personas a sus espaldas, siendo que he hecho y hago esas mismas cosas flaites, y quizá otras peores.

Con todo, sólo queda aceptarlo… Somos la nación flaite, creada al alero de un proyecto de civilización que quiso liberalizarlo todo, incluso su propio proyecto educativo y cultural. Así, los llamados referentes de la ochentera “Cultura Huachaca” de Huneus triunfaron, y encima, se profundizaron… Somos flaites, y se clama por educación  en las calles, porque la educación es necesaria e imprescindible para tratar esta dolencia… Se trata de ser educado simplemente, lo que nada tiene que ver con creerse mejor, con fomentar autoritarismos morales, o con pensar que todos están equivocados excepto yo. Somos una generación que sufre este estigma a todo nivel social y de ingresos. Debemos mejorar, pero… ¿Cómo hacerlo?

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