Chopin, café y tostadas.

chopin

Por Jaime Andrés Valladares

“- ¿Qué va a pedir entonces-?”, irrumpe la ensayada melodía de mi interlocutor. “Café con tostadas, por favor”. El ventanal aún no revela a los transeúntes, y el frío compacto nubla toda posible visión. Es temprano en la ciudad. Mas el murmullo de pasos, autos, buses y bicicletas va in crescendo. De pronto la sinfonía citadina está lista, al igual que mi café.

Una música se alza tímidamente, y los pasos, los autos, las bicicletas y los buses van perdiendo autoridad. Le pregunto al Garzón por el compositor. “¡Chopin!”, exclama, mientras prepara un camino pavimentado de servilletas para la inminente llegada de las tostadas. “Krystian Zimerman”, murmura a continuación. “¿Perdón?”, “Krystian Zimerman es el intérprete, y la pieza es la Balada Nº1. Qué disfrute su desayuno”.

Y qué desayuno. Chopin escribió alguna vez que era necesario poner toda el alma en una composición.  Tocar, no solo de acuerdo a la técnica, sino además, de acuerdo a cierta sensibilidad. Posiblemente por eso difieren tanto las interpretaciónes de sus composiciones entre uno y otro interprete: Rubinstein, Horowitz, Arrau, Argerich o Zimerman, quienes desde su magnifica técnica, incorporan otro elemento que vuelve a la obra única. Lo que puede parecer aparentemente sencillo en la partitura, requiere de una habilidad extra. Pasión, dirían algunos.  El cuidado en los detalles sin esa forzosa obligatoriedad. Había bastante de este cuidado en la impecable atención y presentación de un simple café con tostadas.

La Balada Nº1, compuesta entre los años 1835 y 1836, es un tour de force. No solo para el virtuoso intérprete, sino para la audiencia. En sus nueve minutos (o diez, dependiendo del ejecutante), nos conduce por distintos estados a través de la música. Es, en otros términos, una experiencia.  Memorable es el uso de la misma en “El Pianista” de Polanski: en medio de las ruinas arquitectónicas – y humanas – suena de pronto una melodía que se eleva por sobre las circunstancias. Una suerte de idioma universal que no admite palabras; solo concurren la música y las expresiones en los rostros compungidos  en una actuación magistral de Brody y Kretschmann.

El café se ha enfriado. Pero no importa. El calor ha develado la transparencia de las ventanas, invitando a salir. Me despido de mi amable y versado interlocutor. Ha sido un gusto.  Al alejarse, se oye distante el acorde afable de un Nocturno.  En tanto, me uno al sonido de zapatos que golpean incesantes la vereda, y me vuelvo parte de la sinfonía.

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