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CAFÉ DIARIO

Foto por Escritos Crónicos

Foto por Escritos Crónicos

Por Hans-Christian Bevensee
Cofundador y CEO de We Are Four Coffee Roasters. Egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.

Cuando me pidieron, hace algunas semanas, que escribiera una columna sobre cómo había llegado a ser tostador de café, no dudé en ningún momento en aceptar el desafío. Sin embargo, al pensar el modo de abordar una especie de biografía en torno al café, me fui desmotivando poco a poco, al no encontrar el hilo conductor para darle una estructura coherente y lógica a este relato. Con el tiempo, me imaginé que la única forma de empezar todo era por el principio.

Creo que, en no pocas ocasiones, las pasiones se transmiten como el oficio, de padre a hijo, generación a generación. Mis primeras aproximaciones al café, tienen que ver con esto, con el querer imitar a Osvaldo que sagradamente tomaba el café de la mañana. De a poco y después de mucho molestar a Emilia, conseguí que me dejara poner “una puntita de la cuchara chica” junto con las dos cucharadas de azúcar a la leche del desayuno. Entre mi café con leche de la mañana, el uniforme de caballerito que nos hacían usar y el engominado hacia la izquierda, me sentí siempre un adulto más en la casa. Pasaron los años, se fue el engominado a la izquierda, llegó el engominado hacia arriba, cambiaron las camisas por poleras, y por supuesto, creció la cucharada de café en las mañanas, ahora antes del liceo y ya no del colegio.

Me acuerdo que ya en segundo medio, los compañeros del Instituto Nacional, vendían desayunos en los recreos para financiar las artes oscuras típicas de los Institutanos, cuyo recuerdo no viene al caso. Los cafés salidos de thermos, servidos en vaso de plumavit, eran un lujo para los pupitres de madera tallada a mano por los mismos alumnos, las salas que se llovían y los olores propios de tener a 45 (pre) púberes en una sala de 5 x 5. Me acuerdo también, que ya con 15 años, me juntaba después de clases con Osvaldo a almorzar y a tomar un café. Normalmente, almorzábamos en El Parrón de Providencia y nos tomábamos un café en el Normandie, ahí al lado del Teatro de Coco Legrand, donde a veces me tocó estar al lado de él, que siempre estaba conversando con Jaime Azócar, supongo que preparando algún diálogo o distrayéndose de sus rutinas acompañados de un café. También íbamos a La Escarcha de Manuel Montt, ahí conocí a Elías Figueroa, que asumo se juntaba, taza a taza, a recordar aquella campaña del Palestino del 78′. La última vez que vi a Osvaldo, fue justamente en la esquina de Manuel Montt con Providencia, nos despedimos después de un café en el Normandie y tomé el metro sin saber que sería la última vez que lo vería. Obviamente, no volví a entrar a ninguno de esos lugares. De hecho, la remodelación del metro Manuel Montt fue una excelente manera de disociar esa esquina de la muerte del que fue mi padre.

Al mes siguiente de la muerte de Osvaldo me fui a Alemania, o me llevaron mejor dicho. Allá el café era más que un gusto, una necesidad. El esperar el tren desde Lörrach al Gymnasium con -8 grados, o el tren de Weil am Rhein hacia Efringen-Kirchen para jugar fútbol después de clases, o el tren a Freiburg para ir al Konzerthaus y cumplir mi obligación de estudiante de música de asistir mensualmente a conciertos, de piano o de la filarmónica de Freiburg, requirió más de un café para los traslados. Allá cambié el Nescafé instantáneo por el Krüger liofilizado, para el año 2004, un salto enorme. Luego de tres años fuera de Chile, volví sin terminar mis estudios de música, por lo que el ministerio de educación no me reconoció mi enseñanza media y tuve que volver a cuarto medio en el Instituto Nacional. Mis antiguos compañeros de generación ya habían egresado, por lo que me tocó estar un año complejo, plena Revolución Pingüina, con compañeros nuevos. Dentro de toda la gente que conocí ese año, conocí a Enrique, el que con los años se transformaría en mi socio.

Ya en la Universidad el café se transformó en mucho más que un producto, corría el 2007 y comenzó el boom del café en grano en Chile. Llegaron las grandes cadenas de cafeterías comerciales, que aunque a muchos no les guste reconocerlo, fueron las que aplanaron el camino al café de especialidad en Chile. Como todo lo nuevo, las grandes cadenas atrajeron bastante gente al rubro. Ya sea por amor al café, por querer conocer cosas nuevas o por la necesidad que tenemos en este país de aparentar que estamos a la vanguardia en todo, la cafetería con los nombres en el vasito, y la foto de los mismos, se hizo un imperdible de la ruta del galán universitario. Hasta hoy, ya casi diez años después, me es imposible pasar por fuera del Dunkin’ Donuts de las Urbinas sin acordarme de Constanza, del Juan Valdés de Providencia sin acordarme de las conversaciones interminables con Bárbara, y bueno, no voy a negar que empecé la relación más importante de mi vida en el Starbucks de Pedro de Valdivia, una tarde fría en que esperando media hora a Valeria, recibí el mejor consejo que he recibido. Pasó el profesor de Tributario, don Eduardo Morales, y al verme esperando, me dijo: “¿espera a una chiquilla?” . “Obvio”contesté. Le dije que la invitaría a tomar un café a Starbucks y replicó: “ese es un café caro, mínimo unos 3000 pesos por café, y obvio que se van a comer algo, mínimo unos 10 mil pesos en total, pero ¿sabe qué? lleva media hora esperando, y los 10 mil los va a recuperar, pero ese tiempo, es una inversión que no verá nunca más, le toca decidir rápidamente si valió la pena esa media hora, y hacer valer la inversión, o no volver a perder una media hora por esa chiquilla”. Eso fue el 17 de mayo de 2011, me encantaría poder encontrarme con don Eduardo y decirle que fueron las 10 lucas y la media hora mejor invertidas de mi vida, el frappuccino mocca que mejor recuerdo. Volviendo al punto, este tipo de cafeterías forzó a las cafeterías tradicionales a variar del espresso y el cortado, abriendo la puerta al mundo de la especialidad en Chile.

Acá es dónde entra Enrique nuevamente en la historia, resulta que mi amigo del colegio, aparte de estudiar Ingeniería, era barista. Enrique, para que entiendan, en ese entonces era un joven muy religioso, estricto y disciplinado, que no decía garabatos, ni bebía. Emil, en el mundo de la luz, y yo, un destructor de mundos, una especie de máquina para romper el cascarón de mis amigos. Es en ese contexto, que Enrique estaba iniciando un emprendimiento con un amigo, una pequeña cafetería de especialidad, en pleno Providencia, llamada Cofi. Con su socio, Franz Kromer, me contactaron para que yo pusiera mis estudios de Derecho en función de registrar su marca y permitirles expandir su negocio. En Cofi me enamoré del café. Lo que antes era un gusto o incluso necesidad, se transformó en pasión. Por eso, cuando Enrique salió de Cofi, ni siquiera tuvimos que conversarlo, al decirme que estaba viendo de qué forma seguir trabajando en el rubro del café, solamente le respondí, estoy contigo.

El tema era buscar la idea, no queríamos poner una cafetería para entrar a competir con los cientos que abren todos los días y cierran poco tiempo después. Se nos ocurrió comprar una tostadora de café para poder tener un café a nuestro gusto siempre. Entró Diego al negocio, nuestro socio capitalista y hombre de las finanzas, tomando fuerza lo que hasta ese momento era solamente una idea forjada con varias Coronado IPA del 202 de Lastarria en el cuerpo. Antes de que la idea se diluyera en buenas intenciones entró Daniel. Publicista, productor y socio de la cafetería Monti, que buscaba un proyecto distinto ya cansado de la rutina de las cafeterías. Pedimos una tostadora a E.E.U.U., máquina que demoró el doble de lo presupuestado en llegar a Chile. Creo que ese fue el período más difícil. Invertir y esperar que llegue tu máquina es una tortura, sobre todo cuando te dicen de 60 a 90 días y llega casi a los 180. El nombre, We Are Four Coffee Roasters, nació de la burla a los intrincados conceptos, y la excesiva utilización de apellidos, detrás de las cafeterías de especialidad. Creemos en lo bueno, pero en lo bueno sencillo, que es doblemente bueno. No creemos en baristas dioses, creemos en llevarle el café a la gente, como Prometeo, ojalá que con mejor destino. Somos cuatro tostadores de café, cuatro formas de ver el mundo y cuatro opiniones a la hora de tomar decisiones, lo que nos ha dado cierto equilibrio en la forma de llevar adelante el proyecto.

Si me preguntan ¿qué es para ti el Café? tendría que contestar que es amor. Amor, a la figura paterna, a los amigos con los que tengo un proyecto de vida, a la libertad de que tu hobby sea tu fuente de ingresos, a la autoconsciencia y a la mujer que amo. El café es bastante romántico, es un proceso dónde el grano no puede ser mejorado, sino que desde la planta a la taza solamente puede empeorar con un mal tueste, mala molienda o una mala preparación. El miedo diario a echar a perder una partida de café, debe ser lo más cercano a la sensación de estar enamorado. El tener algo tan frágil y con tan pocas probabilidades de éxito entre las manos y aún así seguir intentando obtusamente que funcione, es de enamorados y de baristas. El café es arte, es disciplina, es constancia, es amor y como tal, es la fuerza que mueve al mundo.

 

DE CÓMO PERDIMOS NUESTROS TESOROS

Por Leonor Quinteros

Socióloga. Ex directora regional del Sernam.
* Reflexión sobre la película “La lección de pintura” de Pablo Perelman

 

 

 

 

La palabra “símbolo” proviene del griego, Symballein. Significa lanzar juntos, reunir, congregar. Su antónimo griego significa lo contrario: lo diabólico, lanzar lejos, separar.

Muchos pensadores y pensadoras han relacionado al ser humano con su creatividad simbólica. Esto es, la capacidad de aprehender la realidad a través de la transmisión de formas simbólicas; cuestión que llevó a G. Mead a pensar que los seres humanos somos, naturalmente, animales simbólicos. Somos animales simbólicos porque actuamos por sentido y significado en comunidad. Lo que hacemos en sociedad, todo lo que hacemos, incluyendo nuestros gestos, son símbolos, cargados de sentido y significado. Y es este sentido el que nos acerca y nos brinda conocimiento sobre la experiencia cotidiana inmediata.

Los símbolos nos unen en un mundo que está en constante vaivén entre los sagrado y lo profano, entre lo divino y lo tocable y besable. Los símbolos cubren huecos y quiebres que deja el desorden y la falta de comprensión en un mundo violento, cambiante, resbaladizo y tozudo.

Los amantes se acuerdan de su experiencia amorosa cuando escuchan una canción. Una paloma blanca es símbolo de paz, una bandera es símbolo de frontera. No importa cuan lejos estemos, no importa si pensamos cosas diferentes, no importa si soñamos un futuro diferente. Los grupos humanos se unen bajo los símbolos, cuando le dan su propio sentido a partir de su propia experiencia de vida.

Y ahora pienso que, quizás, todavía estamos inmersos en huecos y quiebres que cargamos desde el golpe de Estado de 1973. Quizás necesitamos construir símbolos que nos unan para entender lo que nos pasó como comunidad en aquel momento histórico. Quizás necesitamos crear símbolos para poder invitar a otras personas, sin importar su origen o forma de pensar, de entender la cruda realidad vivida tras el golpe, porque lo simbólico une.

Pero, ¿cómo construir símbolos?. El arte ofrece esa posibilidad a través de procesos creativos e intuitivos. La expresión artística tiene el poder de develar verdades para el que recibe la obra de arte, en este caso, el receptor, a través del singular fenómeno intuitivo que se da en la conciencia de quien la contempla. Si bien toda recepción estética está marcada por lo que el receptor espera de ella, lo expresado artísticamente, paradojalmente, no necesariamente es explícito y puede permanecer, incluso oculto.

Por ejemplo, la poesía no sólo es creación artística. También nombra y da vida a las cosas existentes. Por lo tanto, la poesía es parte de la visión de mundo no sólo existente, sino también, interpreta casi proféticamente nuevas visiones de mundo. La poesía es también un medio de transmisión de verdad, pero no una de carácter doctrinario, sino aquella que es vivencia y experiencia.

Es por esta razón que el arte nos ofrece la posibilidad de conocer la verdad sobre nosotros mismos y del mundo que nos rodea. El arte puede configurarse como contestatario y rebelde. No quiere aceptar la inmodificabilidad de la historia oficial, es decir, como un destino natural. No existe manera más intuitiva y revolucionaria que hacer política a través del arte. Las pruebas abundan, en la música, el canto, la poesía, la pintura, y también, el cine.

A diferencia de otras propuestas cinematográficas sobre el golpe de Estado en Chile, “La Lección de Pintura” nos ofrece por primera vez la posibilidad de entender simbólicamente el golpe de Estado y sus consecuencias. La postura política rebelde está presente en la cinematografía chilena, desde hace mucho tiempo. Se recurre, generalmente, a presentar la así llamada “realidad misma,” o, con más exactitud, a la “cruda realidad”: tortura, lugares de detención, cárceles, ostracismo e imágenes y relatos diversos contados por los propios protagonistas. ¿Pero es esa la realidad? La realidad humana colectiva es una construcción social, y por lo tanto, necesita, exige y demanda símbolos. ¿Qué símbolos hemos construido? ¿Estos símbolos, han ayudado a unirnos, tal como lo propone el symballein? ¿Hemos dado un paso hacia la universalización de nuestra experiencia?

A pesar que el Leitmotiv de la película no es el ostracismo, pude conectar mi propia experiencia de vida con el relato y los símbolos creados, en verdad, magistralmente por su director. Ni siquiera se menciona en la obra la palabra “exilio”; sin embargo, yo vi claramente mi propia historia personal, mi infancia y desarraigo tras el exilio. “La Lección de Pintura” de Pablo toca las fibras ocultas de la violencia de Estado que personalmente sufrí junto a mi familia desde muy pequeña. Me di cuenta que yo también desaparecí ese día en que me subieron al avión, engañada, y me separaron por siempre de mis abuelos, abuelas, tías, primos, mi barrio, mi cultura.

¿Cómo y porqué volví a sentir las emociones que sentí de niña cuando me alejaron de mi familia? Porque el niño Augusto, es un símbolo que nos ha logrado convocar, sin importar la generación, o la historia personal de cada uno de nosotros. Este niño me dice la verdad, y a ustedes también.

Tal como los niños de los cuentos de Oscar Wilde, Augusto trae la dulzura, la belleza y la inocencia que alguna vez acompañó a toda una generación en Chile. Augusto es la encarnación del cuerpo de Cristo que fue robado desde su cruz. El pintó los cuadros más hermosos, poéticos y sobre todo, esperanzadores de nuestras vidas. Este niño era nuestro gran tesoro. No digo “promesa” porque él llegó perfecto a este mundo.

Pero lo perdimos. Este niño es llevado en un tren, el mismo tren que cargaba ganado y judíos a los campos de concentración en la Alemania Nazi. El mismo tren que hacía temblar las botellas, y que interrumpía de vez en cuando las conversaciones y las actividades cotidianas. Como una amenaza latente, a punto de estallar, permanente y casi silenciosa. Nuestro pequeño e inocente Cristo fue nuevamente crucificado tras el golpe militar del año 1973.

Una madre humilde pero con ideas claras, como nuestra Violeta, espíritu y alma de nuestro país. Una madre que intuía, y decidió apoyar el tesoro de nuestro niño inocente abandonado por su padre. Nuestra alma, nuestra madre, que es capaz de transformar la noche en día, y el día en noche para cuidar el tesoro de nuestra inocencia. Nuestra alma chilena, que se reprime, controla, adapta y que se expresa constantemente entre vaivenes revolucionarios y conservadores, tal como Gramsci describía la cultura popular.

Un hombre que hace lo posible para ser como el niño inocente y perfecto, pero cuya racionalidad lo nubla y confunde a ratos. Un hombre que piensa, y piensa bien, pero que recibe la patada de la bota militar cuando adviene el golpe, tal como se desmoronó la racionalidad de la UP tras el golpe. De una sola patada. Confiamos demasiado en la racionalidad política, pragmática. Quizás sea esta la razón por la cual, este hombre no se casa con el alma chilena, la madre. Pero es justamente este hombre quien reconoce el tesoro, y que está decidido a llevarlo a su máxima expresión pública: La exhibición del tesoro para todo el país. Nemesio Antúnez es otro Salvador, otro Salvador Allende, quien quiere recibir nuestro tesoro con los brazos bien abiertos.

De nada sirvió. Nos quedamos llorando y lamentándonos en el andén, maldiciendo las casualidades de la vida. Quizás, seguimos esperando en ese lugar. Nos quedamos con la mirada fija en los cadáveres, en las fotografías de los que desaparecieron, nos quedamos mirando fosas profundas nos quedamos cantando las mismas canciones, una y otra vez. Nos quedamos lamentando una infancia que nunca fue. La pena es parte de nuestra vida ahora.

Pero esta película tiene un final esperanzador. De una u otra forma, recordé los relatos de Ingmar Bergman. El cineasta sueco nos trae relatos cargados de dramas humanos, pero siempre, y en cada una de sus películas, he podido descubrir un mensaje de esperanza, entregando así un valor casi terapéutico para los expectadores. El cuerpo de nuestro pequeño Cristo ya no está, pero ha dejado su inocencia enredada entre algunos colores de nuestra propia naturaleza exuberante. En algún lugar, entre trastos, está nuestro pequeño tesoro, nuestro tesoro, nuestro propio Principito chileno. Nuestro símbolo.

Pablo Perelman y Adolfo Cavour nos invitan a reinventar nuestra experiencia histórica, y nos dice que hay esperanza. Esta es una película política, que llama a la praxis. Falta entonces que salgamos a buscar tesoros, entre tanto objeto vano, perdido, inútil  Por favor, búsquenlo, y tráiganlo. Volvamos a ver al niño que todo inició. Que sus colores nos recuerden cómo éramos. Por favor, déjenme abrazarlo. Necesitamos sanarnos.

Chopin, café y tostadas.

chopin

Por Jaime Andrés Valladares

“- ¿Qué va a pedir entonces-?”, irrumpe la ensayada melodía de mi interlocutor. “Café con tostadas, por favor”. El ventanal aún no revela a los transeúntes, y el frío compacto nubla toda posible visión. Es temprano en la ciudad. Mas el murmullo de pasos, autos, buses y bicicletas va in crescendo. De pronto la sinfonía citadina está lista, al igual que mi café.

Una música se alza tímidamente, y los pasos, los autos, las bicicletas y los buses van perdiendo autoridad. Le pregunto al Garzón por el compositor. “¡Chopin!”, exclama, mientras prepara un camino pavimentado de servilletas para la inminente llegada de las tostadas. “Krystian Zimerman”, murmura a continuación. “¿Perdón?”, “Krystian Zimerman es el intérprete, y la pieza es la Balada Nº1. Qué disfrute su desayuno”.

Y qué desayuno. Chopin escribió alguna vez que era necesario poner toda el alma en una composición.  Tocar, no solo de acuerdo a la técnica, sino además, de acuerdo a cierta sensibilidad. Posiblemente por eso difieren tanto las interpretaciónes de sus composiciones entre uno y otro interprete: Rubinstein, Horowitz, Arrau, Argerich o Zimerman, quienes desde su magnifica técnica, incorporan otro elemento que vuelve a la obra única. Lo que puede parecer aparentemente sencillo en la partitura, requiere de una habilidad extra. Pasión, dirían algunos.  El cuidado en los detalles sin esa forzosa obligatoriedad. Había bastante de este cuidado en la impecable atención y presentación de un simple café con tostadas.

La Balada Nº1, compuesta entre los años 1835 y 1836, es un tour de force. No solo para el virtuoso intérprete, sino para la audiencia. En sus nueve minutos (o diez, dependiendo del ejecutante), nos conduce por distintos estados a través de la música. Es, en otros términos, una experiencia.  Memorable es el uso de la misma en “El Pianista” de Polanski: en medio de las ruinas arquitectónicas – y humanas – suena de pronto una melodía que se eleva por sobre las circunstancias. Una suerte de idioma universal que no admite palabras; solo concurren la música y las expresiones en los rostros compungidos  en una actuación magistral de Brody y Kretschmann.

El café se ha enfriado. Pero no importa. El calor ha develado la transparencia de las ventanas, invitando a salir. Me despido de mi amable y versado interlocutor. Ha sido un gusto.  Al alejarse, se oye distante el acorde afable de un Nocturno.  En tanto, me uno al sonido de zapatos que golpean incesantes la vereda, y me vuelvo parte de la sinfonía.

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PUERTAS: ESFUERZOS PARA NADA Y PARA TODO

PUERTAS

Por Mirjam Weis

Psicóloga y estudiante de doctorado en la Universidad de Konstanz , Alemania. En su doctorado investiga la socialización de autorregulación en niños alemanes y niños chilenos.

A veces pensamos que esforzarnos en algo no vale la pena porque en el futuro no nos va a servir para nada. Pero, ¿cómo sabemos qué es aquello que va a servirnos en el futuro y que no?

Hace poco dí un seminario en la universidad para estudiantes de psicología. Cada estudiante tenía que preparar una presentación de un tema. Pocos días antes del seminario recibí un correo de uno de los estudiantes que me sorprendió. Escribió que iba a cancelar sus estudios de psicología y por eso no quería participar en el seminario. Me explicó que no estaba motivado de participar en el seminario porque no iba a servirle para nada en su formación futura. Lo que me sorprendió no fue que canceló el seminario y su presentación. Esas cosas siempre pasan. Lo que realmente me sorprendió fue su extenso correo señalando que el seminario no iba a servirle para nada en el futuro. Tal vez tenía razón y no le hubiera servido para nada, pero tal vez si hubiera aprendido algo, que podría haberle servido en su futuro personal o profesional. Pero como no tomó la oportunidad nunca vamos a saberlo.

En mi vida hay varios ejemplos de cosas en cuales me esforzé pero a veces pensé que en realidad no debería haberme esforzado tanto o estudiado tanto porque no interesa a nadie: ‘no es importante, o no sirve para nada’… Pero después el tiempo mostró que todas estas cosas tenían sentido.

Después de terminar el colegio en Alemania, fui a Costa Rica y tomé clases de español. 4 meses; 4 horas por día, conjuntamente con tareas, y las preparaciones correspondientes para pruebas y presentaciones en español. Estudié muchas horas en casa. Después de todo eso empecé mis estudios de psicología en Alemania. Entonces pensé: en mi carrera de psicología,  ¿para que voy a necesitar español?. Bueno, tal vez no va a servir para la carrera pero igual sirve para viajar y hablar con amigos. Años después he descubierto que si me ayuda en mi carrera de psicología: decidí hacer un doctorado en psicología de comparación de culturas y de investigar la socialización de autorregulación en niños alemanes y niños chilenos. El poder realizar este proyecto no solo me ayudó a mejorar el español, si no también el conocimiento y la conexión con la cultura de América Latina. Estas habilidades que pensé en un momento que no servirían para mi carrera en absoluto, me abrieron las puertas para hacer algo especial, algo en que puedo utilizar y combinar mis capacidades e intereses: psicología, cultura, América Latina, Chile. Haciendo esto aprendí muchas cosas más y se abrieron otras puertas…

Otro ejemplo  fue mi “pre-diploma” de psicología. Es un certificado que no sirve para nada… Bueno, es para que uno pueda seguir estudiando y comenzar a sacar los exámenes del diploma verdadero. Pero las notas del pre-diploma no aparecen en el certificado final. Nadie va a mirar estas notas, así que solo hay que pasarlo. Estudié un montón para este pre-diploma y saqué muy buenas notas pero, ¿para qué?. No sirven para nada… Así que,  ¿todas estas horas, los días y las noches que estudié fueron para nada? ¿para un papel nomas?. Al final: por mis buenas notas del pre-diploma, me invitaron a un fin de semana de entrevistas para una beca. Y tataa: gané esa beca. ¡Eso fue algo genial!. Ahora mirando hacia atrás, el dinero no fue lo único bueno de la beca. Por esta beca me supervisó una profesora de historia que al final me ayudó y me motivó a realizar una practica en Chile. Y mientras estaba en esta estadía en Chile, me vino la idea de hacer un doctorado sobre una comparación cultural entre Alemania y Chile. Aunque antes no tenía el plan de hacer un doctorado…

¿Y ahora?. A veces pienso que el doctorado no va a servirme para nada. Es casi imposible que vaya a ser profesora en una universidad en Alemania y para otros trabajos de psicólogos en realidad uno no necesita tener un doctorado, ni te pagan mejor. Pero quien sabe para que va a servir…tal vez se va a abrir alguna puerta.

Cuando no sabes si esforzarte en algo va a servirte en el futuro pero tienes ganas de hacerlo, algo te empuja, algo te motiva… escucha esa señal y hazlo. Tal vez va a servir para algo y si no, vale la pena igual.

Hay puertas por doquier. Vale la pena entrar en la que te gusta más, aunque tal vez signifique tomar el camino más duro, el camino con obstáculos. Y si entras, tal vez va a aparecer otra puerta. Es como un laberinto de caminos y puertas, no conocemos el destino final. ¡Solo entra!

DISYUNTIVAS

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Escena de la película Mr. Nobody (2009). Jaco Van Dormael.

 

Por Jaime Andrés Valladares

“Escoge bien. Tu elección es breve, pero a la vez infinita”  – Goethe

Es difícil saber que hubiese sido de Roma si Coriolano, en contra de los ruegos de Volumnia, hubiese decidido arrasar con la ciudad. No podemos saberlo. Como tampoco sabré jamás que hubiese sido de mi vida si en vez de escoger un taxi esta mañana hubiese decidido caminar. Tanto las elecciones más significativas como las aparentemente irrelevantes están cargadas de contenido.

Todos los días, desde que nos levantamos hasta el momento último en que la conciencia retrocede ante la efectividad del sueño, nos enfrentamos a elecciones. Son muchas las alternativas. Y el tiempo es escaso. Debemos escoger. La tragedia de la elección está dada por aquella opción que se ha desechado:  “¿Y si elegí mal?”; “¿que hubiese sido si…?”. Milan Kundera es categórico. Señala que “el hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores”. Mas, ¿y si pudiésemos?.

El director belga, Jaco Van Dormael, nos propone en su película “Mr. Nobody” (2009), la alternativa contraria: un niño, cuyos padres se han separado, se ve enfrentado a una elección imposible. Debe elegir si se queda con su padre o se va con su madre. Está junto a ellos en un andén, y el tren se encuentra próximo a partir. ¿Que hacer?. Durante el transcurso de la película vemos las distintas realidades posibles de Nemo Nobody (Jared Leto), realidades consecuenciales derivadas de esa elección imposible,  con la particularidad que Mr. Nobody es consciente de cada una de estas vidas.

Nemo es el último mortal. Con 120 años se ha transformado en el último hombre en morir de forma natural en un mundo habitado ahora por inmortales. En su lecho de muerte recuerda cada una de sus posibles vidas ante un perplejo entrevistador que se inmiscuye en las dependencias del hospital.   “Si mezclas el puré de patatas con la salsa, después no se pueden separar. Es para siempre. El humo sale del cigarrillo, pero nunca vuelve a entrar. No podemos volver atrás. Por eso cuesta elegir. Hay que tomar la decisión correcta. Mientras no elijas, todo sigue siendo posible”, reflexiona el protagonista.

Curioso nombre para un personaje. Nemo Nobody no es nadie, y es todos a la vez (todas sus vidas). Una contradicción intencionada que recuerda la paradoja de Schrödinger y los efectos de la mecánica cuántica: según la teoría, un electrón podría estar en dos lugares al mismo tiempo. Nemo Nobody ha visto todas sus posibles vidas: “antes era incapaz de hacer una elección porque no sabía lo que iba a pasar. Ahora, que sabe lo que va a pasar, es incapaz de hacer una elección.”.

Mas nosotros no contamos con la fortuna de la omnisciencia. Desconocemos las consecuencias derivadas de cada acción particular, porque no existe necesariamente una consecuencia cuando las variables dependen, además, de factores externos.

Sea quizás como reflexiona Nemo Nobody al llegar al final de la película ante la pregunta del joven entrevistador “¿de todas esas vidas, cual es la correcta?”:

“Cada una de esas vidas es la correcta. Cada camino es el camino correcto”. Posiblemente mañana, en vez de tomar el taxi o caminar, use mi vieja bicicleta. Pero, ¿y si…?.

MARCELA PAZ, ENTRE LOS BRAZOS CÁLIDOS DE LOS VERANOS EN PIRQUE

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     Por Paloma Olivares 

 

Periodista, diplomada en Estudios de Cine de la Universidad Católica. Guionista. Actualmente, realiza su profesión en Comunicación Social y Relaciones Públicas.

 

 

 

 

Cuando escuchamos el nombre de Marcela Paz, una tibia alegría con sensación a “Papelucho” inunda el corazón de millones de chilenos de todas las edades. Si quisiésemos encontrar algo que realmente nos uniese como habitantes de una patria, sin duda que las aventuras de este chiquillo flacuchento y pecoso, inventado por una de las escritoras más importantes de Chile, sería una conexión perfecta. Bueno, tenemos el orgullo de decir que Marcela Paz, o más bien, Esther Huneeus, vivió en Pirque varios años de su vida.

 Nacida en Santiago en “los remotos años de 1903 el día 29 de febrero, desde muy chica sintió la necesidad de escribir y… escribir”. Así comenzó la autobiografía que hizo Esther Huneeus Salas en 1969 y que definió como una carta para sus amigos. Continúa, refiriéndose a si misma en tercera persona: “Cuando la casa estaba en silencio y los hermanos dormían, se sentaba en su cama y llenaba cuadernos y cuadernos con cuentos y novelas que iban creciendo con ella. Nunca los leía. A medida que fue creciendo quiso ensayar su suerte y comenzó a mandar sus cuentos a revistas, editoriales, diarios, etc., con diferentes seudónimos, guardando su secreto”. Hija de una familia acomodada que llegó a nuestra comuna en los principios del siglo XX, cuando el padre de la escritora, don Francisco Huneeus Gana (1876–1958) compró esta tierra así como lo describe Pablo Huneeus en Los fantasmas de Pirque “a la salida del Club de la Unión, el tata Pancho se lo compró al “Camarón” Vicuña, quien lo tenía, parece, totalmente abandonado, cubierto de maleza y con su casona colonial en ruinas”. La casona de Pirque, se convirtió en el refugio de fines de semana, festivos y vacaciones de toda la familia. Hoy es parte del patrimonio de nuestro país y desde 1951 esta propiedad pertenece a la UC. En el terreno se instaló la Estación   Experimental de la Facultad de Agronomía y su casa patronal fue utilizada desde el año 80 hasta hace poco por la Escuela Agrícola Familiar de la Fundación de Vida Rural Dolores Valdés de Covarrubias, con una capacidad de 200 alumnas. Sin embargo este programa de de enseñanza técnico-profesional de cuatro años, orientada hacia las necesidades de la vida familiar rural, llegó a su fin cuando Pirque comenzó a transformarse en comuna con parcelas de agrado y residenciales más que rurales. Por otro lado, la casa, de magnifica construcción y arquitectura, sufrió graves daños con el terremoto del 2010, por lo que hoy se encuentra deshabitada y en ruinas.

Esther, que luego sería Marcela en honor a la escritora Marcelle Auclair, así como sus hermanas, nunca asistió al colegio. Su madre, María Teresa Salas Subercaseaux, decía que en las Escuelas sólo se contagiarían de enfermedades y pestes, así que de alguna manera, entre institutrices y profesores particulares, la imaginación, la soledad y la muerte de su hermana mayor Anita, creó su propio mundo, su propia fantasía que sin duda luego sería la base de todos sus cuentos y escritos. Sobrina de la escritora Violeta Quevedo, cuyo verdadero nombre era Rita Salas Subercaseaux, Esther siempre mostró inclinación a las artes, de hecho fue su amor por el dibujo lo que la llevó a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Santiago. Aunque la escritura fue la expresión que desarrollo con mayor énfasis, también dedicó parte de sus días a la escultura, cerámica, tallados en marfil, madera, esmalte y decoración. Y como ella misma lo relató en la autobiografía mencionada anteriormente “Hoy día sus manos solo usan palillos para tejerles a los nietos. Pero ninguno (de los hobbies) le ha dado mayor felicidad que escribir…”. En 1933 publicó su primer libro, y así inicia, con “Tiempo, papel y lápiz” una travesía de publicaciones que termina en 1981 con “Los secretos de Catita”. Vale mencionar que su primer cuento lo escribió a los 7 años de edad con el título de “En el país de Faberland”.

Aunque Esther Huneeus se mostró reacia al matrimonio durante su juventud, el mismo año que publicó “Tiempo, papel y lápiz” y a los 31 años de edad, le dio el sí a José Luis Claro. Pero antes, viajó y estudió arte en Europa y al volver de a poco fue apareciendo con sus escritos en revistas como Penecas, Zig-Zag, Lectura, Ecran, Margarita y Eva, además de periódicos como El Mercurio, La Tercera, El Diario Ilustrado y La Nación; siempre con diversos pseudónimos, hasta que en 1933 adopta definitivamente el nombre de Marcela Paz.

Como lo describe Pablo Huneeus en el ya mencionado escrito Los Fantasmas de Pirque, “La casa patronal del antiguo fundo “Isla de Pirque”, epicentro de la familia por medio siglo”, fue el escenario de su boda con el Sr. Claro y con el cual tuvo 5 hijos. Según lo que cuenta Pablo Huneeus, Esther ayudó a construir la capilla del fundo y la escuela para los niños de los trabajadores. Luego, cuando ya había fundado la Sociedad Protectora de Ciegos Santa Lucía, los traía de veraneo a Pirque.

En 1947 publica su obra célebre “Papelucho” por lo que obtuvo el premio de la Editorial Rapa Nui. Papelucho, se convertiría en el niño chileno más conocido en el mundo, gracias a sus varias traducciones. El peculiar nombre de este niño nacería del apodo del esposo de la escritora, Pepe Lucho, y fue maravillosamente hecho ilustración por su hermana Yolanda Huneeus. “Ese Papelucho la arrastró a continuar la deliciosa tarea de escribir, y así fueron saliendo “La vuelta de Sebastián” (novela), “A pesar de mi tía” (novela), “Papelucho casi huérfano”, “Papelucho historiador”, “Papelucho detective”, “Papelucho en la clínica”, etc. y “Caramelos de luz”, una colección de cuentos para niños muy chicos”, relata en su autobiografía. En 1964, su interés por la literatura infantil y juvenil la llevó a impulsar la representación chilena de la Organización Internacional del Libro Infantil y Juvenil (IBBY). Esta organización le concedió en 1968 su premio de honor, otorgado por primera vez a un autor latinoamericano. Es ahí donde conoce a su gran compañera y amiga, Alicia Morel con quien escribe otra obra maestra: “Perico trepa por Chile” en el año 1978.

En 1982, Chile decide otorgarle el Premio Nacional de Literatura, luego de décadas dedicadas la literatura infantil y juvenil. Muere en el año 85, a la edad de 83 años. Hoy, cuando la casona del sector de La Católica está vacía, aun guarda la maravillosa solemnidad de una casona de campo antigua. Actualmente, la Universidad Católica tiene como proyecto recuperarla con apoyo de la Municipalidad. Lo más probable que sea con fines culturales, así en un futuro cercano, tendríamos el honor de tener dos casas culturales abiertas al mundo, la de Vicente Huidobro con el Museo y la casa de Marcela Paz.

Con simpleza, Esther que casi siempre era Marcela, capturó lo mejor de la imaginación de los niños y los transformó en libros repletos de curiosidad y alegría. Cuántas generaciones no han reído con las historias de Papelucho y su hermana Ji, el hermano Hippie, queriendo ser Historiador o viajando al espacio con un marciano o simplemente siendo operado de apendicitis en la Clínica… rescatemos esas cortas novelas que se agigantan en nuestra mente y nuestros corazones y ofrezcámoselas a nuestro hijos como legado de nuestro país. Marcela Paz fue parte de Pirque, lo decimos con orgullo, pero más que nada ha sido y seguirá siendo parte importante de la vida de los chilenos.

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EL TESORO

la foto (52)Por Mirjam Weis,  psicóloga y estudiante de doctorado en la Universidad de Konstanz, Alemania. En su doctorado investiga la socialización de autorregulación en niños alemanes y niños chilenos.

Vas a otro país, vives ahí, te acostumbras, te adaptas; vives como las personas del lugar mas, eres poseedora de una historia muy distinta.

Es una buena experiencia adaptarse a otra cultura, vivir con la gente, no solo observar; sino vivir la cultura, compartir con la gente y ser parte de la misma Se traduce finalmente en un cambio de ti mismo: cambia tu forma de actuar, de pensar y de sentir. Pasa lentamente y al principio ni lo notas. Pero acontecen unas pocas situaciones en las que de repente, te das cuenta que cambiaste, que te adaptaste.

Quiero hablar sobre una situación que fue significante para mi respecto a este proceso: Como estudiante de psicología en Alemania, realicé una practica en psiquiatría infantil en un hospital público en Chile. En unos de mis primeros días en el país, tuve una cita con una psicóloga, un niño y su madre. Al final de la cita el niño salió sin despedirse con un beso, como es costumbre en Chile. La psicóloga le preguntó: “¿no me das un beso?” Una situación bastante normal en Chile. Pero desde mi punto de vista alemán, esta pregunta, en este contexto, es muy rara. En Alemania una psicóloga NUNCA preguntaría a un paciente sobre darle un beso! Para mi fue una situación extraña. Fue una situación, en la que me di cuenta de las diferencias culturales. En general, al principio era raro para mí que los médicos y psicólogos saludaran a sus pacientes con un beso en la mejilla. En Alemania el contacto con pacientes es  distante y se saluda con la mano. Bueno, fácilmente me acostumbré y dí besos a todos. Lo que me sorprendió fue una situación después de unos tres meses en el hospital. En este tiempo ya estaba trabajando como psicóloga con mis propios pacientes. Un día me tocó una niña de 4 o 5 años con su madre. Era obvio que la niña tenía muchos problemas de conducta y en lo referente al contacto social. Al final de la cita, la niña salió sin despedirse de mí con un beso. Yo pensé: “que raro, no se despide con un beso de mi!” Ahí me dí cuenta que me adapté mucho.

Otro proceso interesante es volver a tu proprio país y acostumbrarte a tu propia cultura nuevamente. Es algo raro: conoces a todos: los lugares, la gente, las calles, las casas, los buses, los arboles, los olores, las reglas y normas, las tradiciones…. pero ahora ves y notas todo eso mucho más intenso que antes. Lo ves con otro ojos. Lo que siempre fue normal para ti, ya no es normal: las casas parecen más grande que antes, todo parece muy limpio, muchos lugares parecen más bonitos y más especiales que antes. La gente también te sorprende: algunos son más fríos y distantes; otros más simpáticos y amistosos de lo que esperabas. También ocurre la revisión del proceso del saludo con beso: al principio quiero saludar a todos con besos pero no corresponde. Al principio es raro saludar a alguien con la mano aunque antes fue normal para mi y con el tiempo es normal de nuevo. Es increíble que bueno es el ser humano en acostumbrarse!

Es una aventura vivir en otra cultura. Cada día descubres algo nuevo: comida, olores, lugares, naturaleza, costumbres, música, danza, la forma como piensa la gente, de sus emociones,  sus opiniones y pasiones, de la vida en la ciudad y en los pueblos. Hay mucho que descubrir. Lo más especial y, lo que tiene el mayor valor es conocer y compartir con las personas de la otra cultura. Personas que tienen otra historia. Personas muy diversas. Algunas te admiran, otras no te entienden, algunas son abiertas, algunas quieren conocerte, algunas piensan cosas sobre ti que no son ciertas, algunas te cuentan algo de su historia y quieren saber de la tuya. Algunas tienen opiniones y valores parecidas a las tuyas, otras no. Con todos aprendes mucho para y sobre ti mismo.

 Los encuentros con las personas, las experiencias, las impresiones, las aventuras y los recuerdos y sobre todo lo que cambió en tu propria persona – el conocimiento de tí mismo – todo eso es tu tesoro. Nadie puede robártelo, es tuyo.

 

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DE COMO LE ROBARON POR SORPRESA LA INOCENCIA A TODA UNA GENERACIÓN

Por Lorenzo Feres

Egresado de la facultad de Derecho de la Universidad Finis Terrae

 “La verdadera patria del hombre es la infancia.”  
                                                                      – Rainer Maria Rilke

Posiblemente, algún astuto publicista en el Chile de principios de los años noventa, haya reparado en las palabras del poeta alemán para comenzar estratégicamente y de forma premeditada a moldear lo que sería la patria del hombre del futuro, en aquellas pequeñas cabecitas influenciables ante cualquier truco barato de marketing.

Hoy, gracias a los archivos que circulan en Internet, podemos disfrutar del deplorable espectáculo que nos ofreció la televisión en esos años, sobretodo la publicidad. No existe generación más bombardeada de trucos propagandísticos, prejuicios, estereotipos y clasismos, como la generación de los noventa. La apertura comercial desatada y las aspiraciones de una clase media sumamente materialista se reflejaban en el desbordante éxito que tenía cada producto de consumo infantil, que además en muchas ocasiones carecía de toda regulación nutricional. Productos con alto contenido de tartrazina, amarillo crepúsculo, y generosas dosis de sodio, abarrotaban los kioskos de las escuelas y se consumían de manera compulsiva por mocosos, que exasperados, buscaban encontrar un tazo más para agregar a su colección de cosas inútiles que un día sin acordarse cómo ni donde, terminarían extraviadas y olvidadas.

Numerosas empresas mediocres, lograron transformarse en grandes marcas con réditos inimaginables a costa de la ilusión de estos pequeños idiotas. Como olvidar a Salo, que cada par de meses creaba el falso anhelo de completar un nuevo álbum. El truco sucio consistía en que había láminas “difíciles”, que obligatoriamente terminarías comprando en el mismo local de la empresa ubicado en Bellavista, por supuesto, a precios usureros. Aquel enano que invertía más dinero era al fin y al cabo el que ganaba, generalmente una miserable alcancía de cartón o alguna polera, y podía – llegar a participar -en el sorteo de un “Super Nintendo” o una bicicleta. Nunca conocí a nadie que haya ganado un premio. De cualquier forma su karma llevaría a la empresa a la quiebra en 2010, triste e irónico final para quien condujo a asimismo a la quiebra de tanto bolsillo infantil por medio de falsas promesas de gloria.

Pero quizás sean los comerciales de la época los que reflejaban más fielmente las descarnadas estrategias empresariales. En esos años, más que ahora, se podía convertir en  éxito de ventas  prácticamente cualquier cosa, si centrabas la publicidad en una pequeña pareja de pelucones rucios viviendo en un mundo de felicidad. Por cualquier cosa me refiero a cualquier cosa, plástico, cartón, papel picado. Eran productos que una vez en tus manos no parecían tan importantes ni tan divertidos como los mostraban: El tesoro de Copec, los Kapocopteros, los Crecencios entre otros fiascos comerciales que se me vienen a la cabeza, podían sumar números azules rápidamente a las arcas de las compañías que veían un negocio redondo el invertir en chucherías y baratijas sentándose a observar como subían  sus ventas hasta las nubes.

Una conocida empresa de productos lácteos, siempre abusó de esa infame estrategia nazi que consistía en reunir a niños con rasgos nórdicos en torno a algún yogurt o postre  y hacerlos bailar mientras comían su colación, éstos trucos publicitarios, además de acabar  con miles de madres sintiéndose estafadas al darse cuenta que el consumo diario de Petitfort no le aclaraba el color del pelo a sus hijos, correspondía abiertamente a una cruel falacia que buscaba asociar el color de una piel blanca y lozana con lo saludable y nutritivo de un producto.

Quizás los lectores recuerden otros ejemplos mas deplorables que exacerbaban el machismo y el clasismo, niños vestidos de grandes, discutiendo en la mesa sobre la comida, que en aquella ingenua época de la transición, sacaban sonrisas de ternura y ganaban premios a la creatividad.

Si bien es cierto, todos quisimos ser ganadores, y todos terminamos subiéndonos en mayor o menor medida al carro del despilfarro infantil, muchos hasta el día de hoy por desgracia no despiertan de ese letargo y han hecho parte de su código de ética las leyes temporales del mercado que les fueron induciendo permanentemente primero como niños, luego como adolescentes y hoy que comienzan a tener poder e influencia las convierten en valores y principios morales. Por eso, si usted se pregunta por qué el mundo se llenó de un día para otro de imbéciles y descerebrados jóvenes que buscan el éxito en estereotipos, que hablan igual, se visten igual y van a veranear a los mismos balnearios. Por qué parecemos sumirnos en el consumo y luego en la depresión, por qué el manejo inadecuado del dinero, por qué olvidamos tan rápido y antes de arreglar preferimos desechar. Si usted se ha llegado a cuestionar qué es lo que nos llevó en cierto momento a elegir a nuestras máximas autoridades en razón de lo que tienen, y en qué momento aceptamos como cierta esa diabólica ecuación que asocia el éxito material con el honor y el respeto. Si usted no sabe por qué ya no se valora ni la sensibilidad ni el tiempo para la reflexión, no busque la respuesta en teorías evolutivas ni en conjeturas macroeconómicas, simplemente échele la culpa al triste experimento del cual fuimos protagonistas en nuestra infancia, al robo por sorpresa de nuestra inocencia, consumado en calidad de autor por mentes inescrupulosas que todavía deambulan en los medios, gozando de la inmunidad de la que siempre han gozado los criminales más peligrosos del país. La inmunidad que les entrega la amnesia colectiva.

Violencia contra la Mujer

Por Haroldo Quinteros

Doctor en Administración Educacional por la Universidad de Tübingen, Alemania.

La Constitución política de cualquier estado que se precie de civilizado establece que toda persona, hombre o mujer, nace libre e igual a sus congéneres en dignidad y derechos. Esta es la pauta básica ético-jurídica  de la Ley, y la piedra angular  del Derecho. Entonces, en estricto rigor, envilecer la dignidad de un hombre o una mujer, puede considerarse hasta un acto contrario a la Ley, aun cuando ello se haga aparentemente en forma inocente a través de chistecitos misóginos, aunque los cuente un presidente de la república (por fortuna, hay uno solo en el mundo que lo hace; y por desgracia para nosotros, es el  nuestro).

En el transcurso del siglo XX, los movimientos sociales por más libertad, igualdad, tolerancia, dignificación para todos y  democracia,  tenían que tener como primera bandera a las mujeres, porque por miles de años, la sociedad patriarcal, profundamente ajena al conocimiento científico, había relegado a la mujer a la categoría de un ser inferior al hombre e, incluso, maligno (“la mujer es la fuente del pecado”, decían los clérigos medievales, y todavía algunos repiten esa estupidez en nuestros días). La mujer fue por siglos un objeto del hombre; obviamente, para ser servido por ella y para su satisfacción sexual. También para procrear, función que hasta sólo unos siglos, se creía que era sólo masculina. La noción bíblica semilla (el semen) y tierra (la matriz femenina), grafica muy bien este antiquísimo error. ¡Nada menos que no se sabía que la mujer ovula y es parte igual en la procreación!  El ensayista, profesor y teórico del pensamiento político Norberto Bobbio afirma certeramente que “los derechos nacen cuando pueden nacer.”  Así es, y los tiempos, felizmente, cambiaron; o mejor dicho, hubo una vanguardia de revolucionaros que los cambiaron, tras larga y dura lucha contra la opresión y el oscurantismo. La mujer, por fin, es ahora, por lo menos en la letra, libre y tiene los mismos derechos que el hombre. Sin embargo. aún en muchos países las mujeres son todavía legalmente discriminadas, un acto de violencia política ejercida por sociedades cuyas leyes aún tienen el viejo y anacrónico sesgo de género; es decir, las hacen los hombres de manera privativa para ellos. También todavía esa discriminación se da en países que explícitamente observan leyes que consideran a las mujeres  como iguales a los hombres. Tal es el caso de Chile. Las mujeres, teóricamente, ya tienen el derecho legal a la libertad personal, al divorcio, al sufragio, al trabajo remunerado, a una vida de elección propia, al ejercicio de la función política y a la felicidad personal, en la forma que ella, y sólo ella, elija;  pero en la práctica, todavía no gozan de esos derechos en plenitud. Lo peor, no obstante, es otra cosa: Chile marca un infamante récord en materia de violencia  contra la mujer. En ocasión de celebrarse hace poco en todo el mundo “El Día de la No–violencia contra la Mujer,” resulta muy pertinente referirse a este tema. Chile es un país en el que especialmente los hombres ejercen violencia contra las mujeres, particularmente en el hogar. Se trata de una forma de esclavitud, a la que se las somete a  través del chantaje de la manutención (aunque ellas se ganan con creces la vida trabajando más horas que los hombres). El hombre que golpeó o que, incluso, asesinó a su esposa, conviviente o novia, lo hizo porque la considera un objeto suyo, no como una persona libre e independiente de él.  Hay que ser firmes frente al flagelo de la agresión contra las mujeres, y no justificarlo en absolutamente ningún caso. A veces, en favor del agresor, se arguye que el pobre estaba fuera de sí por los celos, o ebrio, y, por lo tanto, no sabía lo que hacía.  Pamplinas. Nada justifica al cobarde que ataca físicamente a una mujer, puesto que nunca lo haría ante alguien superior a él en fuerza bruta. Es un deber ciudadano denunciar todo acto de violencia contra una mujer del que podamos ser testigos, en el vecindario, en la calle, en el trabajo o en hasta nuestro propio hogar. Sin embargo, más que eso, lo que hay que hacer es eliminar las causas de esa violencia. Empecemos por pensar si en Chile las mujeres tienen realmente los mismos derechos de los hombres. Observemos la miseria que nos rodea, que mucho más que los hombres, la sufren las mujeres más pobres, que se obligan a depender del marido o el conviviente, lo que las condena a una vida de servidumbre. Observemos también las prácticas culturales de nuestro pueblo, aquellas que tienen expresión diaria en el seno de cada familia, entorno laboral y social, y luego, preguntémonos, ¿qué cambios hay que producir para que todos los seres humanos de nuestro pueblo, incluidas las mujeres, vivan con los mismos derechos a la libertad, a la seguridad y  al desarrollo personal?, ¿qué tipo de convivencia y habilidades culturales necesitamos para solucionar los diarios conflictos y violencias en que se encuentran sumidas tantas familias, de las cuales las mujeres son las primeras víctimas?, y finalmente, ¿qué hacemos todos, y que hago yo por que eso cambie? Esa reflexión será más poderosa si la hacemos en conjunto, como sociedad entera, en todos sus rincones, y si  nos decidimos colectivamente a actuar. Termino recordando  las palabras de Valèry Giscard d’Estaing, ex – presidente de Francia: “Las mujeres todavía son discriminadas, y eso que no sólo son la mitad de la población mundial, sino, además, traen al mundo a la totalidad de esa población.

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