MARCELA PAZ, ENTRE LOS BRAZOS CÁLIDOS DE LOS VERANOS EN PIRQUE

papelucho

     Por Paloma Olivares 

 

Periodista, diplomada en Estudios de Cine de la Universidad Católica. Guionista. Actualmente, realiza su profesión en Comunicación Social y Relaciones Públicas.

 

 

 

 

Cuando escuchamos el nombre de Marcela Paz, una tibia alegría con sensación a “Papelucho” inunda el corazón de millones de chilenos de todas las edades. Si quisiésemos encontrar algo que realmente nos uniese como habitantes de una patria, sin duda que las aventuras de este chiquillo flacuchento y pecoso, inventado por una de las escritoras más importantes de Chile, sería una conexión perfecta. Bueno, tenemos el orgullo de decir que Marcela Paz, o más bien, Esther Huneeus, vivió en Pirque varios años de su vida.

 Nacida en Santiago en “los remotos años de 1903 el día 29 de febrero, desde muy chica sintió la necesidad de escribir y… escribir”. Así comenzó la autobiografía que hizo Esther Huneeus Salas en 1969 y que definió como una carta para sus amigos. Continúa, refiriéndose a si misma en tercera persona: “Cuando la casa estaba en silencio y los hermanos dormían, se sentaba en su cama y llenaba cuadernos y cuadernos con cuentos y novelas que iban creciendo con ella. Nunca los leía. A medida que fue creciendo quiso ensayar su suerte y comenzó a mandar sus cuentos a revistas, editoriales, diarios, etc., con diferentes seudónimos, guardando su secreto”. Hija de una familia acomodada que llegó a nuestra comuna en los principios del siglo XX, cuando el padre de la escritora, don Francisco Huneeus Gana (1876–1958) compró esta tierra así como lo describe Pablo Huneeus en Los fantasmas de Pirque “a la salida del Club de la Unión, el tata Pancho se lo compró al “Camarón” Vicuña, quien lo tenía, parece, totalmente abandonado, cubierto de maleza y con su casona colonial en ruinas”. La casona de Pirque, se convirtió en el refugio de fines de semana, festivos y vacaciones de toda la familia. Hoy es parte del patrimonio de nuestro país y desde 1951 esta propiedad pertenece a la UC. En el terreno se instaló la Estación   Experimental de la Facultad de Agronomía y su casa patronal fue utilizada desde el año 80 hasta hace poco por la Escuela Agrícola Familiar de la Fundación de Vida Rural Dolores Valdés de Covarrubias, con una capacidad de 200 alumnas. Sin embargo este programa de de enseñanza técnico-profesional de cuatro años, orientada hacia las necesidades de la vida familiar rural, llegó a su fin cuando Pirque comenzó a transformarse en comuna con parcelas de agrado y residenciales más que rurales. Por otro lado, la casa, de magnifica construcción y arquitectura, sufrió graves daños con el terremoto del 2010, por lo que hoy se encuentra deshabitada y en ruinas.

Esther, que luego sería Marcela en honor a la escritora Marcelle Auclair, así como sus hermanas, nunca asistió al colegio. Su madre, María Teresa Salas Subercaseaux, decía que en las Escuelas sólo se contagiarían de enfermedades y pestes, así que de alguna manera, entre institutrices y profesores particulares, la imaginación, la soledad y la muerte de su hermana mayor Anita, creó su propio mundo, su propia fantasía que sin duda luego sería la base de todos sus cuentos y escritos. Sobrina de la escritora Violeta Quevedo, cuyo verdadero nombre era Rita Salas Subercaseaux, Esther siempre mostró inclinación a las artes, de hecho fue su amor por el dibujo lo que la llevó a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Santiago. Aunque la escritura fue la expresión que desarrollo con mayor énfasis, también dedicó parte de sus días a la escultura, cerámica, tallados en marfil, madera, esmalte y decoración. Y como ella misma lo relató en la autobiografía mencionada anteriormente “Hoy día sus manos solo usan palillos para tejerles a los nietos. Pero ninguno (de los hobbies) le ha dado mayor felicidad que escribir…”. En 1933 publicó su primer libro, y así inicia, con “Tiempo, papel y lápiz” una travesía de publicaciones que termina en 1981 con “Los secretos de Catita”. Vale mencionar que su primer cuento lo escribió a los 7 años de edad con el título de “En el país de Faberland”.

Aunque Esther Huneeus se mostró reacia al matrimonio durante su juventud, el mismo año que publicó “Tiempo, papel y lápiz” y a los 31 años de edad, le dio el sí a José Luis Claro. Pero antes, viajó y estudió arte en Europa y al volver de a poco fue apareciendo con sus escritos en revistas como Penecas, Zig-Zag, Lectura, Ecran, Margarita y Eva, además de periódicos como El Mercurio, La Tercera, El Diario Ilustrado y La Nación; siempre con diversos pseudónimos, hasta que en 1933 adopta definitivamente el nombre de Marcela Paz.

Como lo describe Pablo Huneeus en el ya mencionado escrito Los Fantasmas de Pirque, “La casa patronal del antiguo fundo “Isla de Pirque”, epicentro de la familia por medio siglo”, fue el escenario de su boda con el Sr. Claro y con el cual tuvo 5 hijos. Según lo que cuenta Pablo Huneeus, Esther ayudó a construir la capilla del fundo y la escuela para los niños de los trabajadores. Luego, cuando ya había fundado la Sociedad Protectora de Ciegos Santa Lucía, los traía de veraneo a Pirque.

En 1947 publica su obra célebre “Papelucho” por lo que obtuvo el premio de la Editorial Rapa Nui. Papelucho, se convertiría en el niño chileno más conocido en el mundo, gracias a sus varias traducciones. El peculiar nombre de este niño nacería del apodo del esposo de la escritora, Pepe Lucho, y fue maravillosamente hecho ilustración por su hermana Yolanda Huneeus. “Ese Papelucho la arrastró a continuar la deliciosa tarea de escribir, y así fueron saliendo “La vuelta de Sebastián” (novela), “A pesar de mi tía” (novela), “Papelucho casi huérfano”, “Papelucho historiador”, “Papelucho detective”, “Papelucho en la clínica”, etc. y “Caramelos de luz”, una colección de cuentos para niños muy chicos”, relata en su autobiografía. En 1964, su interés por la literatura infantil y juvenil la llevó a impulsar la representación chilena de la Organización Internacional del Libro Infantil y Juvenil (IBBY). Esta organización le concedió en 1968 su premio de honor, otorgado por primera vez a un autor latinoamericano. Es ahí donde conoce a su gran compañera y amiga, Alicia Morel con quien escribe otra obra maestra: “Perico trepa por Chile” en el año 1978.

En 1982, Chile decide otorgarle el Premio Nacional de Literatura, luego de décadas dedicadas la literatura infantil y juvenil. Muere en el año 85, a la edad de 83 años. Hoy, cuando la casona del sector de La Católica está vacía, aun guarda la maravillosa solemnidad de una casona de campo antigua. Actualmente, la Universidad Católica tiene como proyecto recuperarla con apoyo de la Municipalidad. Lo más probable que sea con fines culturales, así en un futuro cercano, tendríamos el honor de tener dos casas culturales abiertas al mundo, la de Vicente Huidobro con el Museo y la casa de Marcela Paz.

Con simpleza, Esther que casi siempre era Marcela, capturó lo mejor de la imaginación de los niños y los transformó en libros repletos de curiosidad y alegría. Cuántas generaciones no han reído con las historias de Papelucho y su hermana Ji, el hermano Hippie, queriendo ser Historiador o viajando al espacio con un marciano o simplemente siendo operado de apendicitis en la Clínica… rescatemos esas cortas novelas que se agigantan en nuestra mente y nuestros corazones y ofrezcámoselas a nuestro hijos como legado de nuestro país. Marcela Paz fue parte de Pirque, lo decimos con orgullo, pero más que nada ha sido y seguirá siendo parte importante de la vida de los chilenos.

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