CAFÉ DIARIO

Foto por Escritos Crónicos

Foto por Escritos Crónicos

Por Hans-Christian Bevensee
Cofundador y CEO de We Are Four Coffee Roasters. Egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.

Cuando me pidieron, hace algunas semanas, que escribiera una columna sobre cómo había llegado a ser tostador de café, no dudé en ningún momento en aceptar el desafío. Sin embargo, al pensar el modo de abordar una especie de biografía en torno al café, me fui desmotivando poco a poco, al no encontrar el hilo conductor para darle una estructura coherente y lógica a este relato. Con el tiempo, me imaginé que la única forma de empezar todo era por el principio.

Creo que, en no pocas ocasiones, las pasiones se transmiten como el oficio, de padre a hijo, generación a generación. Mis primeras aproximaciones al café, tienen que ver con esto, con el querer imitar a Osvaldo que sagradamente tomaba el café de la mañana. De a poco y después de mucho molestar a Emilia, conseguí que me dejara poner “una puntita de la cuchara chica” junto con las dos cucharadas de azúcar a la leche del desayuno. Entre mi café con leche de la mañana, el uniforme de caballerito que nos hacían usar y el engominado hacia la izquierda, me sentí siempre un adulto más en la casa. Pasaron los años, se fue el engominado a la izquierda, llegó el engominado hacia arriba, cambiaron las camisas por poleras, y por supuesto, creció la cucharada de café en las mañanas, ahora antes del liceo y ya no del colegio.

Me acuerdo que ya en segundo medio, los compañeros del Instituto Nacional, vendían desayunos en los recreos para financiar las artes oscuras típicas de los Institutanos, cuyo recuerdo no viene al caso. Los cafés salidos de thermos, servidos en vaso de plumavit, eran un lujo para los pupitres de madera tallada a mano por los mismos alumnos, las salas que se llovían y los olores propios de tener a 45 (pre) púberes en una sala de 5 x 5. Me acuerdo también, que ya con 15 años, me juntaba después de clases con Osvaldo a almorzar y a tomar un café. Normalmente, almorzábamos en El Parrón de Providencia y nos tomábamos un café en el Normandie, ahí al lado del Teatro de Coco Legrand, donde a veces me tocó estar al lado de él, que siempre estaba conversando con Jaime Azócar, supongo que preparando algún diálogo o distrayéndose de sus rutinas acompañados de un café. También íbamos a La Escarcha de Manuel Montt, ahí conocí a Elías Figueroa, que asumo se juntaba, taza a taza, a recordar aquella campaña del Palestino del 78′. La última vez que vi a Osvaldo, fue justamente en la esquina de Manuel Montt con Providencia, nos despedimos después de un café en el Normandie y tomé el metro sin saber que sería la última vez que lo vería. Obviamente, no volví a entrar a ninguno de esos lugares. De hecho, la remodelación del metro Manuel Montt fue una excelente manera de disociar esa esquina de la muerte del que fue mi padre.

Al mes siguiente de la muerte de Osvaldo me fui a Alemania, o me llevaron mejor dicho. Allá el café era más que un gusto, una necesidad. El esperar el tren desde Lörrach al Gymnasium con -8 grados, o el tren de Weil am Rhein hacia Efringen-Kirchen para jugar fútbol después de clases, o el tren a Freiburg para ir al Konzerthaus y cumplir mi obligación de estudiante de música de asistir mensualmente a conciertos, de piano o de la filarmónica de Freiburg, requirió más de un café para los traslados. Allá cambié el Nescafé instantáneo por el Krüger liofilizado, para el año 2004, un salto enorme. Luego de tres años fuera de Chile, volví sin terminar mis estudios de música, por lo que el ministerio de educación no me reconoció mi enseñanza media y tuve que volver a cuarto medio en el Instituto Nacional. Mis antiguos compañeros de generación ya habían egresado, por lo que me tocó estar un año complejo, plena Revolución Pingüina, con compañeros nuevos. Dentro de toda la gente que conocí ese año, conocí a Enrique, el que con los años se transformaría en mi socio.

Ya en la Universidad el café se transformó en mucho más que un producto, corría el 2007 y comenzó el boom del café en grano en Chile. Llegaron las grandes cadenas de cafeterías comerciales, que aunque a muchos no les guste reconocerlo, fueron las que aplanaron el camino al café de especialidad en Chile. Como todo lo nuevo, las grandes cadenas atrajeron bastante gente al rubro. Ya sea por amor al café, por querer conocer cosas nuevas o por la necesidad que tenemos en este país de aparentar que estamos a la vanguardia en todo, la cafetería con los nombres en el vasito, y la foto de los mismos, se hizo un imperdible de la ruta del galán universitario. Hasta hoy, ya casi diez años después, me es imposible pasar por fuera del Dunkin’ Donuts de las Urbinas sin acordarme de Constanza, del Juan Valdés de Providencia sin acordarme de las conversaciones interminables con Bárbara, y bueno, no voy a negar que empecé la relación más importante de mi vida en el Starbucks de Pedro de Valdivia, una tarde fría en que esperando media hora a Valeria, recibí el mejor consejo que he recibido. Pasó el profesor de Tributario, don Eduardo Morales, y al verme esperando, me dijo: “¿espera a una chiquilla?” . “Obvio”contesté. Le dije que la invitaría a tomar un café a Starbucks y replicó: “ese es un café caro, mínimo unos 3000 pesos por café, y obvio que se van a comer algo, mínimo unos 10 mil pesos en total, pero ¿sabe qué? lleva media hora esperando, y los 10 mil los va a recuperar, pero ese tiempo, es una inversión que no verá nunca más, le toca decidir rápidamente si valió la pena esa media hora, y hacer valer la inversión, o no volver a perder una media hora por esa chiquilla”. Eso fue el 17 de mayo de 2011, me encantaría poder encontrarme con don Eduardo y decirle que fueron las 10 lucas y la media hora mejor invertidas de mi vida, el frappuccino mocca que mejor recuerdo. Volviendo al punto, este tipo de cafeterías forzó a las cafeterías tradicionales a variar del espresso y el cortado, abriendo la puerta al mundo de la especialidad en Chile.

Acá es dónde entra Enrique nuevamente en la historia, resulta que mi amigo del colegio, aparte de estudiar Ingeniería, era barista. Enrique, para que entiendan, en ese entonces era un joven muy religioso, estricto y disciplinado, que no decía garabatos, ni bebía. Emil, en el mundo de la luz, y yo, un destructor de mundos, una especie de máquina para romper el cascarón de mis amigos. Es en ese contexto, que Enrique estaba iniciando un emprendimiento con un amigo, una pequeña cafetería de especialidad, en pleno Providencia, llamada Cofi. Con su socio, Franz Kromer, me contactaron para que yo pusiera mis estudios de Derecho en función de registrar su marca y permitirles expandir su negocio. En Cofi me enamoré del café. Lo que antes era un gusto o incluso necesidad, se transformó en pasión. Por eso, cuando Enrique salió de Cofi, ni siquiera tuvimos que conversarlo, al decirme que estaba viendo de qué forma seguir trabajando en el rubro del café, solamente le respondí, estoy contigo.

El tema era buscar la idea, no queríamos poner una cafetería para entrar a competir con los cientos que abren todos los días y cierran poco tiempo después. Se nos ocurrió comprar una tostadora de café para poder tener un café a nuestro gusto siempre. Entró Diego al negocio, nuestro socio capitalista y hombre de las finanzas, tomando fuerza lo que hasta ese momento era solamente una idea forjada con varias Coronado IPA del 202 de Lastarria en el cuerpo. Antes de que la idea se diluyera en buenas intenciones entró Daniel. Publicista, productor y socio de la cafetería Monti, que buscaba un proyecto distinto ya cansado de la rutina de las cafeterías. Pedimos una tostadora a E.E.U.U., máquina que demoró el doble de lo presupuestado en llegar a Chile. Creo que ese fue el período más difícil. Invertir y esperar que llegue tu máquina es una tortura, sobre todo cuando te dicen de 60 a 90 días y llega casi a los 180. El nombre, We Are Four Coffee Roasters, nació de la burla a los intrincados conceptos, y la excesiva utilización de apellidos, detrás de las cafeterías de especialidad. Creemos en lo bueno, pero en lo bueno sencillo, que es doblemente bueno. No creemos en baristas dioses, creemos en llevarle el café a la gente, como Prometeo, ojalá que con mejor destino. Somos cuatro tostadores de café, cuatro formas de ver el mundo y cuatro opiniones a la hora de tomar decisiones, lo que nos ha dado cierto equilibrio en la forma de llevar adelante el proyecto.

Si me preguntan ¿qué es para ti el Café? tendría que contestar que es amor. Amor, a la figura paterna, a los amigos con los que tengo un proyecto de vida, a la libertad de que tu hobby sea tu fuente de ingresos, a la autoconsciencia y a la mujer que amo. El café es bastante romántico, es un proceso dónde el grano no puede ser mejorado, sino que desde la planta a la taza solamente puede empeorar con un mal tueste, mala molienda o una mala preparación. El miedo diario a echar a perder una partida de café, debe ser lo más cercano a la sensación de estar enamorado. El tener algo tan frágil y con tan pocas probabilidades de éxito entre las manos y aún así seguir intentando obtusamente que funcione, es de enamorados y de baristas. El café es arte, es disciplina, es constancia, es amor y como tal, es la fuerza que mueve al mundo.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: