Archivo de la categoría: Literatura

PREJUICIOS ZOOLÓGICOS DE UN LAGARTO

JT

 

Por Joaquín Trujillo Silva

 

Abogado. Investigador en Centro de Estudios Públicos (CEP). Académico en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.

 

 

 

 

 

El pato: es el animal más tonto de la creación. Es como un objeto inanimado que de pronto recibe una descarga que le da una vida maquinal. Va de un lado a otro, con su color amarillo, como un rayo de luz que se reflecta infinitamente. El pato, sin embargo, es más lento que la luz. Su cuec cuec cuec es incesante y apenas varía de tonalidad. Una vez tuve un pato como mascota. Mientras lo vigilé, pude oponerle muros imprevistos para que rebotase, pero un día, se escabulló, no por una astucia, sino porque no llegué a tiempo. Siguió en línea recta, diciendo cuec cuec, hasta que su cuec cuec se extinguió en esa línea recta, en el infinito de una carga ciega.

El cerdo: Es el animal más inteligente, el más noble, el más correcto. La humanidad se ha equivocado al considerarlo impuro y también al comérselo. Su parentesco con el elefante le da buena memoria y la buena memoria, sabiduría. Es un compañero fiel  que desafortunadamente no ha sabido desplazar al perro, que es de una lealtad canina, seguramente por culpa del humano, que en asuntos de animales no ha hecho ninguna revolución desde tiempos del neolítico. Las orejas caídas del cerdo son más humanas que las de los humanos, que están erguidas como las de las bestias más unilaterales.  Al verse asesinado, su grito invoca a sus antepasados y pregunta una y otra vez el por qué.

El caballo: es un animal clasista cuya docilidad otorga títulos de nobleza. Los paleontólogos no han visto todavía que los seres humanos se irguieron porque imitaron al caballo y que el haber llegado a montarlo es la cúspide de la evolución, después de la cual el ser humano volvió a pisar la tierra y seguramente a agazaparse para regresar al huevo y acaso a la placenta universal del mar. Las cuatro patas del caballo impiden ver que es un bailarín de ballet clásico, que sabe siempre donde pisan no una sino esas cuatro patas. El perfil del caballo es la gran nariz de pensamiento que no puede rebajarse a salir por la boca, que es por donde también entran los alimentos, de preferencia alfalfa, avena y zanahorias.

El pavo: es un pájaro ostentoso y maligno, que arrastra sus plumaje negro como un buitre que no puede volver a las alturas. En los campos, sus recintos son ruidosos y sucios, de irracionales amenazas. Sus cuellos largos y lampiños, de bocios flácidos ornamentados de colgajos son los de una vieja conspicua que vive en reuniones conspirativas. A veces el pavo levanta las alas y se hincha como un globo, pero eso es una garra, que hace una seña a los demonios para que la acompañen en un misterio intrascendente.

La garza: es un signo de interrogación que Dios se ha colgado al cuello.

El burro: es una entidad nocturna, una mezcla de vampiro azul y ángel que se hace el tonto, inmóvil a medianoche. El burro es el único animal que estuvo en el viaje a Belén, en el pesebre, en la huida a Egipto, en la entrada en Jerusalén y algunas viejas tradiciones sostienen que estuvo al pie de la cruz y junto a la tumba de Cristo cuando estalló. Esto hace del burro un testigo privilegiado para todas las curiosidades que no se contentan con el texto sagrado. Que Cristo vuelva sobre un caballo blanco y no sobre un burro es algo que el burro no perdona, por eso vaga por los caminos, quejándose de algo que muchos confunden con supuesta torpeza. El hecho que durante la edad media el burro haya figurado vestido de obispo lujurioso, para ofender al obispo y no al burro, es un antecedente más que prueba la oscuridad en la que se encontraba sumida la ilustración de esos mil años. Véase el poema infantil de Óscar Castro: Burrito del ensueño.

El gato: Un reptil de suave pelaje, una cerámica de los faraones que conservamos por el logro de olvidadas sublevaciones. El gato no cree en la humanidad. Ve en ella una compañía muy pasajera. Beaudelaire dijo que el gato fue creado para que el hombre pudiera acariciar al león. “Mi gato nunca se ríe o se lamenta —dijo Miguel de Unamuno—, siempre está razonando”. Esto es así, el gato está haciendo planes para cuando su esclavo ya no exista. Freud fue un animal. Fue como el primer gato. Su lengua estaba llena de inmundicias porque fue el primer animal que se aseó a sí mismo. Su obsesión con lo egipcio hace pensar también en el gato.

El zorro: No es astuto, es un buen salvaje que siempre está entumido. El zorro mira de reojo y a veces eleva sus ojos sobre la punta de su hocico como si tuviese anteojos. Es el perro que no quiso esperar nada y que será el mejor compañero de los humanos en los viajes intergalácticos. Mientras tanto, el zorro es una criatura salvaje, pero como, aunque desconfiado, está lleno de bondad, pronto caerá en la trampa.

La tortuga: es una sopa que se viene escapando desde el inicio de los tiempos.

El mono: Según Madame Blavatsky —bruja  a quien se atribuye la autoría de la Revolución Rusa—, el mono es un ser humano degenerado, y no el humano un primo lejano o un descendiente del mono. Todo esto es falso, generaciones y degeneraciones por igual. El mono es un gran actor, por eso se dice que los copiones son monos. El mono y el loro son imitadores natos. Mientras el loro imita sonidos (se dice que un ejemplar llegó a memorizar 90 mil insultos), el mono imita los gestos y hasta la corporalidad humana. Al principio el mono era una piedra, una simple y tonta piedra de río,  así que puede decirse que esta piedra ha progresado mucho en su arte.

La rana: una fotografía reciente muestra a la rana sosteniendo con una pata una hoja a modo de paraguas que la cubre del aguacero, lo que viene a confirmar que la humanidad no es otra cosa que el techo. Así, la rana es el animal más importante de la historia. Gracias a la rana la humanidad comenzó a salir poco a poco de ese embarazo eterno que eran las aguas. Por lo tanto, puede decirse que la rana a través de sus herederos humanos seguramente también sacará a la humanidad de este planeta para llevarla a los charcos de otros universos. Pese a sus méritos, la rana ha tenido detractores. Se ha dicho contra la rana que su alcance revolucionario fue mediocre, reprochándosele no haber volado como un águila ni amamantado como una nutria. Pero los defensores de la rana dicen que nadie está obligado a salir de las aguas, aventurarse en la tierra ignota para transformarse en un murciélago.

La ardilla: Nunca he visto una ardilla. Cuando estaba niño, muy niño, creía que las ardillas estaban hechas de chocolate; pero no exactamente de chocolate, sino que de un chocolate un tanto vivo, que podía moverse veloz, subir y bajar por el tronco de un árbol, correr por sobre o por debajo de una de sus ramas. A veces creía que una ardilla iba a emerger de un espeso chocolate caliente. A pesar de nunca haber visto a la ardilla, siempre supe, en cambio, que los conejos de chocolate no eran más que hijos de un molde.

El perro: Del perro quisiera decir que mejor no digo nada, salvo que es el peor enemigo de mis enemigos.

Los perros, transformados en mascotas hogareñas y no en fieros guardianes, han causado una distancia imprevista. En los campos, obsequiar un perro era como regalar una vaca lechera, pero en las ciudades, obsequiar un perro sin previo aviso es una locura, tal vez una venganza, un regalo envenenado, que crecerá como las preocupaciones que dará. En el Fausto de Goethe, el diablo Mefistófeles antes de corporeizarse aparece en la forma de un perro de aguas que merodea el gabinete del doctor. Joseph Roth acusa a los nazis de haber preferido la compañía de perros a la de seres humanos; casi una vuelta de mano al antisemita Schopenhauer, quien mientras más conocía a sus alumnos (que abandonaban su sala de clases para atiborrar la de Hegel) decía querer más a su perro. Podemos imaginar a don Quijote y Sancho, por la Mancha desolada, anunciados y secundados por una jauría pacífica, de algunos desnutridos, que olfatean los detalles del camino, se detienen a orinar, mueven el rabo, van y vienen, y regresan a casa como si nada. El perro y el gato, en tanto, al negarse a abandonar el Arca de Noé para volver a la vida silvestre, fueron los verdaderos creadores de esos paisajes establecidos que llamamos hogar, y del conflicto permanente a su interior.

El hipopótamo y la ballena: El poeta T. S. Eliot habla de un hipopótamo que se va al cielo, donde lo lavan, enjuagan, secan y planchan las vírgenes mártires, mientras que la Iglesia se queda en la tierra, a ras de suelo, y nunca le dan un buen baño, el baño de la muerte, porque es eterna y es de aquí. El hipopótamo, pese a la defensa del poeta, es un animal muy desagradable. Es como una ballena que no se ha bañado nunca pues no se puede decir que sumergirse en un lodo aposado, entre cocodrilos casi fosilizados, bajo el rumor de un millón de mosquitos y haciendo de islote para aves zancudas sea equivalente a un buen baño, en el sentido norteamericano de la palabra. La ballena sí se ha bañado. En verdad, no ha dejado de bañarse y asombra que sea pariente tan cercano del hipopótamo, al punto que puede ser considerada un hipopótamo que decidió bañarse para siempre. Con todo, la ballena sale a respirar; no es un pez, es una extranjera en el mar y no es profeta en su no-tierra. Como dice Eliot, el hipopótamo espera ser sacado de los orines y ascendido a las altas cortes; la ballena no tuvo paciencia, decidió volverse a esa mezcla de no-tiempo, de vida y muerte, que es el mar. Por lo tanto, la ballena está inmensamente equivocada.

El pulpo: Es el dios más antiguo, el Hades de los griegos. Se dice que es más viejo que las malezas de la faz de la tierra, esas barbas que todos cortan. Es una especie de cerebro que redujo su cuerpo a ocho tentáculos, como una araña, pero de suaves movimientos. Es quizá una mente, un alma atrofiada por la oscuridad de esa atmósfera más densa que es el mar. El pulpo mira a los mamíferos marinos, o sea, delfines, focas, ballenas, lobos, como verdaderos extraterrestres, y sin embargo, su adn ha sido llamado alienígena, cuando, en verdad, es el más viejo habitante. Es posible que entender al pulpo nos ayude a saber cómo abrir desde dentro el universo [Véase al pulpo dentro de un frasco].

El búho: son las almas de los sabios que, de noche y entre las ramas de los árboles, esperan el momento para adquirir forma humana. Quien se come a un búho se come a Aristóteles y quien se come a una lechuza, a Hegel.

La cabra: es la locura hecha ganado. Los quesos de leche de cabra son la alquimia más rara. Todos los aceros del campo, sean arbustos como el guayacán [véase verso de Gabriela Mistral sobre la dureza de este metal vegetativo] o metales oxidados ella los come, los transmuta en leche y por lo tanto en queso. Las águilas y buitres vuelan alto, pero si alzamos más la vista, veremos sobre las nubes, peñascos jamás alcanzados por ningún andinista, y sobre aquellos, una cabra equilibrada en una sola de sus pezuñas, buscando subir más alto para comerse la basura espacial. [Véase las simbologías que para Dante Alighieri tiene esta pezuña dividida: Papa y Emperador, Iglesia y Estado, doble fin del universo, separación de las aguas en la primera vertiente].

La pantera: es el resultado de generaciones y generaciones de gatos cuyos dueños los dejaban solos en casa. [Véase el efecto de la mirada de una pantera del zoológico de Roma sobre el poeta Ezra Pound].

El pelícano: es un ave muy presente en los ovalados escudos clericales.

Reptiles: Que para la cibermitología sean los reptiles la oculta clase dominante, mientras que los mamíferos, sus subordinados, habla de cuánto ha decaído la enseñanza de la historia universal en los colegios. Con pocas y malas horas de historia, la gente acaba dándose explicaciones de poca fantasía para asuntos en torno a los cuales han girado las ciencias sociales y las humanidades desde que se cortó la cabeza del reptil Capeto.

La paloma: se dice que la paloma es una rata enalcida. El paso de animalejo despreciable a la representación más pura es un misterio sin resolver. Es posible que algún día todos los animales alcancen la dignidad de la paloma, el ser humano entre ellos. Véase el salmo en que la paloma comienza a volar y en su vuelo va expandiendo las fronteras del universo.

Anuncios

ADVERTENCIA CERVANTINA

 

"Visiones del Qujote" (Ocampo) / "Falstaff" (Von Grützner)

“Visiones del Qujote” (Ocampo) / “Falstaff” (Von Grützner)

Por Joaquín Trujillo Silva

Abogado. Investigador en Centro de Estudios Públicos

 

 

 

 

 

 

 

 

La locura es una verdad solitaria. Esta definición es tan alumbradora porque relativiza a la cordura en tanto recuerda lo gregario de su dominio.

Don Quijote —casi todos los personajes que lo rodean van diciendo cuando no pensando que está loco— es, primeramente, un viejo ridículo. La vergüenza ajena que nos hace pasar Cervantes es proporcional a nuestro sentido del ridículo, a nuestra cordura, que demoniza la locura, pero que otras veces le basta con despreciarla.

Pese a los adjetivos que Cervantes pone en la mente y en las bocas de los personajes que va encontrando el ingenioso hidalgo, pese a todas aquellas palabras que impresionan como juicio generalizado, Cervantes hace en esto una advertencia. Esa advertencia transforma a esos “pese” en un “porque”. En efecto, Cervantes pareció deslindar la gran advertencia que ni Aristóteles ni Kant se atrevieron a explicitar, quizá por complejo de visado en el reino de los prácticos por tanto cuerdos.

Cuando Don Quijote presencia el famoso discurso de la pastora Marcela (ante una manada de estupefactos varones en el capítulo XIV), es el primer momento de la novela en que su locura pasa de estar sola a hacerse acompañar. Quizá como nunca, reflejado en la excentricidad de Marcela, Don Quijote advierte a los amigos deudos de Grisóstomo que nadie debe culpar ni importunar a la pastora cuyas razones para considerarse inocente de esa muerte —recordemos que Grisóstomo se había suicidado al no verse correspondido en su amor por ella— han sido ofrecidas con una destreza poco habitual en los discursos del hidalgo. Marcela se llama a sí misma fuego y espada lejana. Ella no quiere quemar ni ser quemada. El Quijote defiende esta expresión de fe como si se tratase de la mejor versión de una que podría proceder de sí mismo. En esta oportunidad don Quijote no ha defendido a una ramera creyendo que era doncella. Ha defendido la realidad misma, que no es la realidad de ese realismo que se insiste en sugerir que significa Sancho Panza, sino, antes bien, la realidad de un ideal reconocible ante cuya fuerza el sentido del ridículo palidece y se vuelve el más ridículo de los sentidos.

La aparición de Marcela es fundamental; quienes exageran su importancia, aciertan. El binomio barroco Quijote/Sancho o Idealismo/Realismo (del cual se habló mil veces), es al costado de la pastora una síntesis floja de lo que puede tener forma de triada. En Marcela el ideal deja de cuadrarse ridículo para erguirse sublime. Mientras tanto el ridículo acompaña los excesos de don Quijote, toda su referencia a la derogada caballería, su estatus de hidalgo alfabetizado, con la desconfianza correspondiente que entre los analfabetos —como confiesa ser el mismo Sancho— despierta la ingesta de alimentos envenados. Recordemos la quema de novelas de caballería en el capítulo III, que interrumpe como triunfo de la sensatez, de la naturalidad (el criterio femenino del ama de don Quijote) por encima de los extremos a los que han llevado la lectura, la instrucción, la fantasía ociosa. Todo a instancias del cura amigo.

Puede también decirse que Cervantes fue más allá. Y es esto lo que debe llamarse la advertencia cervantina, para darle un nombre digno del Quijote.

El Falstaff de Shakespeare (personaje de The Merry Wives of Windsor y los enriques) fue ese gordo lujurioso, tallero y cobarde, ese flan liberal de pub que festinaba con el honor y que en la ópera de Verdi consiguió un aria referida a este asunto. Falstaff es sin duda la muestra simétricamente contraria al Quijote. Es un gordo —“pacífico” por cuanto gordo, como hubiese dicho Cervantes— calculador, divertido, burlesco; un Sancho Panza emancipado de sus funciones escuderiles, y que ostenta el título de Sir. Don Quijote es “enjuto de rostro”, alto, autoerigido como observante de las reglas de caballería, muchas de las cuales desprende de meras lecturas.

Pues bien, el “honor” que en Shakespeare ya se sabe a ciencia cierta un ridículo, en Cervantes todavía ha merecido una última indagatoria. Como una vieja moneda que está a punto de ser devaluada, quien la ha atesorado, la observa por última vez. Pues bien, Cervantes hizo de este acto de observación y despedida, una verdadera lectura de su tiempo, pero, además y principalmente, una advertencia para cuanto vendría después.

Transformado el honor en una verdad solitaria, en un tesoro que no es valioso sino para solo quien lo atesora, la lengua amenaza con volverse tan propia, tan ajena a la comunidad que —para decirlo en términos de Witgenstein— ya ni siquiera puede llamarse lenguaje. Este es el lenguaje solitario del honor, de la virtud quijotesca, que se ha despedido de su estatus para quedar relegada al ridículo, o algo aún peor, lo raro, lo absurdo, aquello que ni siquiera alcanza para causar gracia, que es, al final de cuentas, el aroma que deja el sentido del ridículo una vez ya ni siquiera abruma.

Cervantes no se compromete con su defendido. Su misma narración sindica al ridículo, promueve su ruina, ¿pero qué valor ve en esta forma del ridículo?

Cervantes dejó pulida cuanto pudo una advertencia, para que brillara en la mejor resolución de su condición de posibilidad. Esa advertencia puede resumirse así: la virtud, el honor, la justicia son asuntos ridículos, locuras que quizá alguna vez fueron corduras que gozaron de algún prestigio alrededor de los libros a que darían lugar. Caída en la desgracia del mero ridículo, quedará solamente la verdad a la que llaman realidad, una cordura cuyo único destino es empobrecerse hasta… También el sol está sólo entre los astros opacos.

CONVERSANDO CON PABLO HUNEEUS

pablo

Pablo Huneeus Cox

Por Jaime Andrés Valladares

 “Este instrumento – la televisión- puede enseñar, puede iluminar; sí, e incluso puede inspirar. Pero puede hacerlo sólo en la medida en que los seres humanos esten determinados a utilizarlo con estos fines. De lo contrario, son simplemente cables y luces en una caja. Hay una gran y tal vez decisiva batalla que luchar contra la ignorancia, la intolerancia y la indiferencia “.– Edward R. Murrow

 
 

Cuando años más tarde se volvió a re-editar “Un Mundo Feliz“, de  Aldous Huxley, se habló de la posibilidad de modificar o enmendar los errores cometidos en la primera edición de 1932. Sin embargo, arrepentirse de los errores literarios de hace veinte años atrás,  como señala Huxley en el prólogo de la nueva edición, es tarea vana y fútil. Mas, y a pesar de mantener intacta la obra, vuelve sobre lo que él piensa es un grave defecto de la novela:   “al salvaje se le ofrecen sólo dos alternativas, llevar una vida insensata en Utopía, o la de un primitivo en un estado indio, una vida más humana en algunos aspectos, pero en otros casi igualmente extravagante y anormal”. Y es que hace poco estuve hablando con el escritor y sociólogo Pablo Huneeus, quien me llevo a recordar la tercera posibilidad que propone Huxley: no luchar contra los medios que otorga la civilización, sino, utilizar los medios con el objetivo de encontrar una cierta identidad: utilizar los medios para darles nuestro propio contenido. Nos encontramos con el escritor en el centro circundante de un mall capitalino. “Estoy campaneando libros en el vaticano del consumismo”, me dice, mientras hace sonar una campana que anuncia la llegada (o la ida) de un visitante.

Mi primer encuentro con Huneeus fue a través de su libro La Cultura Huachaca (1981)Recuerdo haberle leído con una suerte de sorpresa y pesimismo; esa sorpresa que produce el descubrimiento de frases nuevas y penetrantes, y ese pesimismo, al comprobar en el pavimento diario que las frases no eran ficción, sino realidad.

-Han pasado varios años desde la publicación de La Cultura Huachaca. ¿Ha cambiado considerablemente la sociedad reflejada en ese entonces? ¿se ha vuelto menos, o más  huachaca? 

– En cierto modo es trágico.  Veinte años después la cuestión está peor. La Cultura Huachaca se ha institucionalizado; se ha cristalizado. Es ya un fenómeno cultural que parte de un modelo económico y social profundamente arraigado.  –

 Se dice que hemos llegado a un punto de no retorno: ya no podemos prescindir de los Mass Media, sea televisión o internet. Dicho de otro modo, somos esclavos de los medios que hemos creado… –

–  Lo que sucede, es que se deben utilizar esos medios para lograr una identidad propia; hay que usar los medios de una cultura para darles nuestro propio contenido –

– Aunque pareciera ser, que a pesar de la profunda masificación y asequibilidad de estos medios, no son utilizados por los particulares de un modo ventajoso, sino meramente distractivo.  ¿Dónde se enseña a bien utilizar estas herramientas? –

– Eso es algo que viene de adentro. En nosotros mismos está el contenido. No necesitamos guías o directrices que nos iluminen el camino. Por ejemplo, el campo. El campo es el gran reservorio de identidad nacional –

 Detenemos la conversación por un momento. Suena la campana. Un ávido lector se acerca consultando por “Dichos del campo“, otro libro de Hunneus. Recuerdo en ese momento de esclarecedora pausa  el capítulo V de La Cultura Huachaca, la migración del campo a la ciudad: “es más que un cambio de domicilio, es ser desterrado de su propia cultura para ser lanzado a los márgenes del frío mundo de la modernidad”, señala Huneeus. El proceso civilizador no es suficiente. La migración del campo a la ciudad en nuestro país, y posiblemente en Latinoamerica toda, ha sido sin amortiguaciones; una caída brusca y dolorosa sobre el adoquín. Nace un personaje entonces carente de historia y contenido: el siútico. Y aquí es donde entra la televisión a jugar un rol esencial:
“reafirma al que no es ni lo uno ni lo otro, y lo reafirma en lo que es. Aparece en un momento de la evolución social en que una gran masa de población urbana se encuentra a media agua, sin ser enteramente popular, como sus padres, ni suficientemente educada, como los de arriba“. La Televisión viene a dotar de identidad a quienes, debido al proceso migratorio, carecen de ella. Como señala Huneeus, “fabrica con ellos y para ellos una realidad simbólica de comportamientos sociales que no son populares ni occidentales y que se llama cultura huachaca“.

En nuestros días los medios se han diversificado. Tenemos Facebook, Whatsapp, Twitter, Google Plus, Linkedln, Flickr, Televisión por cable, satelital, videollamadas instantáneas por Facetime, etc. Es el siglo de los Mass Media que llegan con la promesa de mantenernos más conectados; más comunicados. Somos bombardeados con información. Datos innecesarios que no logramos retener ni procesar. Datos desechables. Pero estamos más conectados, te dicen. Y nadie quiere quedarse fuera de esta nueva conexión, porque eso, es estar solo.

Pienso de pronto en la frase de Horacio, Sapere Aude (atrévete a saber), que nos invita a cuestionar; a no tomar parte del silencio cotidiano y apabullante. Los medios de comunicación pueden y deben ser utilizados con el fin de invitarnos a pensar. De otro modo, como decía Murrow, son simplemente cables y luces en una caja.
Vivir alienados de la realidad en base al suero de la entretención es alejarse de esta máxima. Atrévete a saber. Empieza. Construye tu propia identidad.

Porque a veinte años de La Cultura Huachaca continuamos igual de siúticos. Carentes de identidad y de historia; viviendo bajo el alero del consumismo para simular el personaje que el modelo señala como óptimo y, que nosotros, nos compramos: ese ser exitista y risueño que aprovecha todas las ofertas del mercado. Ese ser desechable tan propio de una cultura huachaca.

W.H. Auden: Un poema no escrito

“Mientras espero tu llegada, me encuentro pensando YO te amo: entonces viene el pensamiento: Me gustaría escribir un poema que expresara exactamente lo que quiero decir cuando pienso estas palabras.”

“Expecting your arrival tomorrow, I find myself thinking i love you: then comes the though: i should like to write a poem wich would express exactly what i mean when i think these words.”

Por Jaime Andrés Valladares

Así comienza el poeta británico W.H. Auden  su libro “Dichtung und Wahrheit (An Unwriten Poem)“, cuyo título  fue tomado, como señala  el escritor español Javier Marías,  de la autobiografía de Goethe Dichtung und Wahrheit (Poesía y Verdad)  y publicado por primera vez en 1960, en el libro de poemas Homage to Clio.

Lo que pretende el poeta ingles, a modo de aforismos, y que en su totalidad llegan a cincuenta, es desentrañar lo que quieren decir verdadera y exactamente las palabras “Yo Te Amo“.  Auden, con toda la agudeza y afinada pluma que lo caracterizaban, se lanza en picada sobre el ideal romántico de nuestra cultura occidental, concluyendo en la imposibilidad de escribir poemas amorosos.

Es interesante leer a un poeta de la magnitud de W.H. Auden reflexionar y criticar la subjetividad bañada de superfluos adornos e innecesarios adjetivos al momento de escribir poesía. Más aún, cuando el tema en cuestión es ser verídico al objeto que impulsa el poema, en este caso, las palabras Yo te amo como expresión de un real y existente  Yo (no la historia que leí/escuche/inventé de tal persona, sino Mi historia) y un Te Amo. Poesía, más Verdad, en dónde el poeta se alza como una suerte de reproductor de la realidad. Es por eso que el libro se titula Un poema no escrito: la imposibilidad de ser fieles en el texto sobre lo que realmente constituyen las palabras Yo te amo:

“Este poema que deseaba escribir iba a haber expresado exactamente lo que quiero decir cuando pienso las palabras Yo Te amo, pero no puedo saber exactamente lo que quiero decir; iba a haber sido manifiestamente verdadero, pero las palabras no pueden confirmarse a sí mismas. Así que este poema quedara sin escribir…”

This poem i wished to write was to have expressed exactly what i mean when i think the words i love you, but i cannot know exactly what i mean; it was to have been self-evidently true, but words cannot verify themselves. So this poem will remain unwritten…

Sin duda un libro imperdible, tanto si es amante de la poesía de Auden, o, como un curioso lector que goza de encontrar algo diferente dentro de la a veces monótona amalgama cultural.

Etiquetado , , , , ,