KEROUAC (O HABITAR LO COTIDIANO CON ASOMBRO)

Por Jaime Valladares.

«Para ver un mundo en un grano de arena / y un cielo en una flor silvestre, / abarca el infinito en la palma de tu mano, / y la eternidad en una hora«

(William Blake).

Cuando leemos a Kerouac viajamos junto al autor a través de lo cotidiano. Pero el autor, nos invita a detenernos en el momento. Una conversación ya no es trivial. Compartir una taza de café se transforma en un acto casi místico. La presencia de otra persona adquiere una nueva relevancia. En las obras de Kerouac, lo extraordinario habita en lo cotidiano. La diferencia radica en la forma de observar.

Hay una búsqueda en la obra del autor de aquello que nos vuelve conscientes. “El dolor o el amor o el peligro te hacen real de nuevo”, escribía en los «Vagabundos del Dharma». La ternura y melancolía se entrelazan en sus relatos, porque en lo cotidiano abunda también el sufrimiento.

Esta capacidad de asombro que nos evoca el autor, tiene su contraparte en el tiempo. La vivencia del momento se vuelve urgente y escasa. La alegría compartida, la tristeza o el amor se vuelven irrepetibles. La contemplación de una despedida es extraordinaria porque puede que jamás vuelva a repetirse. Como en la canción de Alan Parson Project, “El tiempo sigue fluyendo como un río hacia el mar” y, en ese cauce, nos encontramos todos.

Con este pensamiento camino por la vereda. Cada cual con sus propias vivencias se arroja al mundo: una señora intenta abrir un paraguas sin mucho éxito; una pareja se despide frente al ingreso de un edificio; un grupo de turistas se detiene a fotografiar el horizonte. De repente alguien se tropieza conmigo sin querer. “Disculpe”, me dice, mientras sigue su camino. Por mi parte, hago lo mismo. “De vuelta a la rutina”, pienso automáticamente en silencio, y luego recuerdo a Kerouac: no hay rutina en el asombro.

Tal vez, como nos dice el director Paolo Sorrentino en la monumental película “La Grande Bellezza”, todo está “(…) sedimentado bajo los murmullos y el ruido. El silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo. Los demacrados, caprichosos destellos de belleza”.

Habrá que aprender a observar nuevamente.

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