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La Nación Flaite

la foto (5)Por Jorge Aranda Ortega, abogado. 

Un día, por acaso, por la brutalidad de los humanos que desean tener la razón sin decir lo que los demás quieren escuchar, por la frialdad de las armas, algunos se hicieron del gobierno de un país lejano de todo pero, hasta ese entonces, cercano a su propio corazón. Le quitaron sus ansias más honestas, embrutecieron a una oligarquía de aparente buen olfato, criada en un proyecto civilizador medianamente serio. Al que no era oligarca, le enseñaron a callar por las malas o por las peores, y así emergió una nación triste, huérfana, que se intenta vestir con alegrías ajenas… Nació mi nación, la nación flaite.

Ya ni recuerdo como apareció ese adjetivo, porque quizá nació antes de lo que pienso, mucho antes, y sólo se hizo evidente de modo repentino, como un salpullido que no se puede esconder, con hedores que no se pueden disimular con jabón y perfume importado. Pero lo cierto es que, en principio denota falta de cultura, segregación (voluntaria o involuntaria) de quienes les “patinah lah sh”, de quienes “seh vahn (o no seh vahn) en purah falaciah poh oeh”, de quienes, ladrillo a ladrillo, han construido un dialecto del castellano que, supongo, será objeto de estudio de lingüistas y filólogos en cien años más, revisando los modismos aparecidos en La Cuarta, en Las Últimas Noticias, y que estarán en archivos de audio, en los que se escuchará con detalle el acento de pobladores, de políticos, de futbolistas, y de periodistas, todos en un mismo saco: el saco de los flaites del siglo XXI… Y es que antes se era roto, y a mucha honra, pues los rotos tienen el orgullo nacionalista de haber ganado una guerra en el siglo XIX; sin embargo, el flaite ha perdido una guerra contra el consumo sin siquiera oponer resistencia, convirtiéndose en una especie de siervo de todo lo extranjero, de lo importado, de lo barato que se vende caro, de la apariencia de cultura basada en el lujo vacío, como las zapatillas Lacoste de un washiturro.

Flaites son ellos, son los pobre flaites… Pero también hay flaites que hablan con otro acento especial, como si se tratase de tener un tubérculo desproporcionado en la boca, con una “tr” trapeada, leve, y con una pseudo-agudez  en el “tonito patronal” que trata de emular una grandeza pretérita, pero que en verdad nada vale, ni para comprar unas gomitas de eucalipto en la micro. Son ellos, los ricos y todos sus imitadores, derivados, amigos y miembros del mismo club. Son quienes primero apuntan con el dedo al flaite, estigmatizándolo, tratándolo como si fuera un subproducto de la misma civilización del consumo que pregonan. Son aquellos orangutanes rubios que en la entrevista de trabajo primero te preguntan “¿Cómo se llama? ¿Su apellido? ¿De dónde es usted?  ¿En qué colegio estudió? ¿Sus padres a qué se dedican?…” Y suma y sigue un interrogatorio sobre el status social, que puede ser horrible, cruel, y perverso, para preguntar luego de veinte minutos: “Y usted… ¿Qué sabe hacer? ¿Dónde lo aprendió? ¿Se siente capaz para este cargo?…” ¡Flaite! ¡Super flaite! ¿Dígame si es o no es flaite que lo último que importe en un trabajo es saber si usted sabe o no sabe hacer su trabajo? ¿Si es o no es flaite contratar a alguien sólo porque tiene un apellido plagado de “erres” o plagado de “zetas”, con flatulencia a un etéreo pasado vasco? Son esos flaites aparentemente bien vestidos que se pasean en autos caros, que tratan a los demás de inferiores, que se ufanan de una cultura superior… Son los que fueron en masa al primer McDonalds  que se abrió en Chile para comer comida francamente flaite, pero a la usanza estadounidense, claro está… Porque, en el sentir de los flaites, un extranjero del primer mundo podrá ser inculto, mal educado, hablar pésimamente su idioma, tener pésimos modales, ser egoísta, arrogante, y hasta sucio… Pero si es extranjero y habla un idioma asociado a una divisa a bien traer, es totalmente imposible que sea flaite. Por tanto, si esos sujetos comen una comida de dudosa calidad alimentaria ¿Por qué no comerla para intentar ser como ellos, pese a ser incultos, mal educados, hablar pésimamente nuestro idioma, tener pésimos modales, ser egoístas, arrogantes, y hasta sucios?

Flaite también es quien desea ser diferente sin dejar de ser, a final de cuentas, flaite. Es quien “patinándoleh lah sh” ensaya día a día un discurso aspiracional, trata de vestirse con la ropa de los flaites ricos a punta de endeudamiento o de falsificaciones de las marcas de ropa propias del status deseado. Ensaya el acto de “rotear”, de tratar a alguien de inferior por detentar una condición social más humilde,  siendo incluso más honesta, pulcra, y asumida que la del trepador. Ensaya, cual torpe actor, “el tubérculo en la boca” y la “tr trapeada”, pero sin abandonar del todo la “patinadah deh sh poh oeh”, combinando en sí mismo, en sus expresiones más cotidianas y humanas, lo más repulsivo de dos clases sociales. Este flaite es terrible, es cruel, porque, para él, es una obsesión dejar de ser flaite tratando de parecer adinerado, copiando los gestos del adinerado… Pero tristemente, no hace sino sumar exponencialmente lo más flaite de lo flaite, y termina convirtiéndose en una caricatura vívida, penosa, que trata sin éxito de huir de su propia sombra. Esta es una forma muy triste de ser flaite.

A la inversa, es muy flaite quien siendo un flaite de bien pasar desea aparentar ser un flaite pobre. Se viste como los desafortunados, intenta comer como desafortunado, plantea las reivindicaciones que los desafortunados no pueden ni desean hacer sólo para sentirse líderes, para sentirse mejores personas y hasta justicieros. Encuentran genial salir con una chiquilla más modesta, acceder a bienes de baja calidad que su familia jamás le proveyeron, bailar los ritmos de los pobres, y hasta brindarles una amistad enfocada, finalmente, en la vivencia cultural de ser un desafortunado… Lamentablemente, éste espíritu se diluye, y el “tubérculo en la boca” aparece con más fuerza en algún momento, volviendo estos flaites a sus casas acomodas a cortarse el pelo, a vivir mediocres y exitosas existencias, y, en el ocaso de sus juventudes, a relatar lo vivido como quien relata haber hecho un pintoresco y entretenido intercambio cultural.

Flaite soy yo también, en buena medida, por escribir estas líneas,  pues ciertamente asumo la autoridad moral y social de decirle flaite a muchos. Lo soy porque, en una actitud iluminada, les enrostro su falta de cultura, de solidaridad. Les digo que son “pencas” por mear en la calle, por no ceder la silla en el metro, por hablar mal de terceras personas a sus espaldas, siendo que he hecho y hago esas mismas cosas flaites, y quizá otras peores.

Con todo, sólo queda aceptarlo… Somos la nación flaite, creada al alero de un proyecto de civilización que quiso liberalizarlo todo, incluso su propio proyecto educativo y cultural. Así, los llamados referentes de la ochentera “Cultura Huachaca” de Huneus triunfaron, y encima, se profundizaron… Somos flaites, y se clama por educación  en las calles, porque la educación es necesaria e imprescindible para tratar esta dolencia… Se trata de ser educado simplemente, lo que nada tiene que ver con creerse mejor, con fomentar autoritarismos morales, o con pensar que todos están equivocados excepto yo. Somos una generación que sufre este estigma a todo nivel social y de ingresos. Debemos mejorar, pero… ¿Cómo hacerlo?

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Violencia contra la Mujer

Por Haroldo Quinteros

Doctor en Administración Educacional por la Universidad de Tübingen, Alemania.

La Constitución política de cualquier estado que se precie de civilizado establece que toda persona, hombre o mujer, nace libre e igual a sus congéneres en dignidad y derechos. Esta es la pauta básica ético-jurídica  de la Ley, y la piedra angular  del Derecho. Entonces, en estricto rigor, envilecer la dignidad de un hombre o una mujer, puede considerarse hasta un acto contrario a la Ley, aun cuando ello se haga aparentemente en forma inocente a través de chistecitos misóginos, aunque los cuente un presidente de la república (por fortuna, hay uno solo en el mundo que lo hace; y por desgracia para nosotros, es el  nuestro).

En el transcurso del siglo XX, los movimientos sociales por más libertad, igualdad, tolerancia, dignificación para todos y  democracia,  tenían que tener como primera bandera a las mujeres, porque por miles de años, la sociedad patriarcal, profundamente ajena al conocimiento científico, había relegado a la mujer a la categoría de un ser inferior al hombre e, incluso, maligno (“la mujer es la fuente del pecado”, decían los clérigos medievales, y todavía algunos repiten esa estupidez en nuestros días). La mujer fue por siglos un objeto del hombre; obviamente, para ser servido por ella y para su satisfacción sexual. También para procrear, función que hasta sólo unos siglos, se creía que era sólo masculina. La noción bíblica semilla (el semen) y tierra (la matriz femenina), grafica muy bien este antiquísimo error. ¡Nada menos que no se sabía que la mujer ovula y es parte igual en la procreación!  El ensayista, profesor y teórico del pensamiento político Norberto Bobbio afirma certeramente que “los derechos nacen cuando pueden nacer.”  Así es, y los tiempos, felizmente, cambiaron; o mejor dicho, hubo una vanguardia de revolucionaros que los cambiaron, tras larga y dura lucha contra la opresión y el oscurantismo. La mujer, por fin, es ahora, por lo menos en la letra, libre y tiene los mismos derechos que el hombre. Sin embargo. aún en muchos países las mujeres son todavía legalmente discriminadas, un acto de violencia política ejercida por sociedades cuyas leyes aún tienen el viejo y anacrónico sesgo de género; es decir, las hacen los hombres de manera privativa para ellos. También todavía esa discriminación se da en países que explícitamente observan leyes que consideran a las mujeres  como iguales a los hombres. Tal es el caso de Chile. Las mujeres, teóricamente, ya tienen el derecho legal a la libertad personal, al divorcio, al sufragio, al trabajo remunerado, a una vida de elección propia, al ejercicio de la función política y a la felicidad personal, en la forma que ella, y sólo ella, elija;  pero en la práctica, todavía no gozan de esos derechos en plenitud. Lo peor, no obstante, es otra cosa: Chile marca un infamante récord en materia de violencia  contra la mujer. En ocasión de celebrarse hace poco en todo el mundo “El Día de la No–violencia contra la Mujer,” resulta muy pertinente referirse a este tema. Chile es un país en el que especialmente los hombres ejercen violencia contra las mujeres, particularmente en el hogar. Se trata de una forma de esclavitud, a la que se las somete a  través del chantaje de la manutención (aunque ellas se ganan con creces la vida trabajando más horas que los hombres). El hombre que golpeó o que, incluso, asesinó a su esposa, conviviente o novia, lo hizo porque la considera un objeto suyo, no como una persona libre e independiente de él.  Hay que ser firmes frente al flagelo de la agresión contra las mujeres, y no justificarlo en absolutamente ningún caso. A veces, en favor del agresor, se arguye que el pobre estaba fuera de sí por los celos, o ebrio, y, por lo tanto, no sabía lo que hacía.  Pamplinas. Nada justifica al cobarde que ataca físicamente a una mujer, puesto que nunca lo haría ante alguien superior a él en fuerza bruta. Es un deber ciudadano denunciar todo acto de violencia contra una mujer del que podamos ser testigos, en el vecindario, en la calle, en el trabajo o en hasta nuestro propio hogar. Sin embargo, más que eso, lo que hay que hacer es eliminar las causas de esa violencia. Empecemos por pensar si en Chile las mujeres tienen realmente los mismos derechos de los hombres. Observemos la miseria que nos rodea, que mucho más que los hombres, la sufren las mujeres más pobres, que se obligan a depender del marido o el conviviente, lo que las condena a una vida de servidumbre. Observemos también las prácticas culturales de nuestro pueblo, aquellas que tienen expresión diaria en el seno de cada familia, entorno laboral y social, y luego, preguntémonos, ¿qué cambios hay que producir para que todos los seres humanos de nuestro pueblo, incluidas las mujeres, vivan con los mismos derechos a la libertad, a la seguridad y  al desarrollo personal?, ¿qué tipo de convivencia y habilidades culturales necesitamos para solucionar los diarios conflictos y violencias en que se encuentran sumidas tantas familias, de las cuales las mujeres son las primeras víctimas?, y finalmente, ¿qué hacemos todos, y que hago yo por que eso cambie? Esa reflexión será más poderosa si la hacemos en conjunto, como sociedad entera, en todos sus rincones, y si  nos decidimos colectivamente a actuar. Termino recordando  las palabras de Valèry Giscard d’Estaing, ex – presidente de Francia: “Las mujeres todavía son discriminadas, y eso que no sólo son la mitad de la población mundial, sino, además, traen al mundo a la totalidad de esa población.

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