LA TRAVIATA

 

 

callas

 

Maria Callas como Violetta, en 1958

 

Prof. Dr. Haroldo Quinteros B

Doctor en Ciencias Sociales de la Universidad de Tubinga, Alemania. Se ha desempeñado como académico en la Universidad de Heidelberg (Alemania).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En agosto pasado hubo dos acontecimientos de interés para los amantes de la ópera. Desde luego, la temporada operática anual del Teatro Municipal, que nos emocionó durante ese mes con “La Traviata” de Giuseppe Verdi, una de las tres o cuatro óperas que gozan de más popularidad en el mundo; por cierto, es también una de las mejores que se hayan escrito. También en agosto se presentó en Santiago el tenor alemán Jonas Kaufmann.

Primero, y brevemente, unas palabras sobre Kaufmann:

Si bien Jonas Kaufmann es realmente un muy buen tenor, no puede decirse que sea “el mejor del mundo”, cual fue el lema de promoción de la empresa que lo trajo a nuestro país. Esto, porque, en primer lugar, es imposible hacer rankings de este tipo en el género operático, sobre todo tratándose de sus exponentes de mayor excelencia. El tema es demasiado complejo como para dejarlo a las vulgaridades de la propaganda comercial. En este caso, y dicho de manera simple, se trata más bien de gustos, si pensamos en los aficionados a la ópera. Si, por otra parte, atendemos a juicios de expertos, es mucho lo que puede discutirse sobre el genio de un intérprete de ópera, de las obras y roles que más calzan con su calidad y temperamento de actor e intérprete, cuestión que tiene relación directa con la naturaleza de su voz, calidad histriónica, formación profesional y origen patrio. El joven Kaufmann canta, por supuesto, bien, pero, por lo menos para el suscrito, no posee, por ejemplo, la belleza del natural registro de un Pavarotti, y de un tiempo más lejano, de un Corelli, un Di Stefano o un Gigli. Tampoco la cierta dureza en la tessitura de su voz, en verdad muy germánica, va mucho con el gusto de quien escribe estas líneas. Pareciera no acercase mucho a los italianos de especial coloratura en sus obras como Rossini o al sentimentalismo mediterráneo de Puccini. En fin, subjetivo el tema, y tanto, que me atrevo a declarar mi preferencia por Villazón y el propio Flórez; por lo menos, si se trata de óperas italianas, que cubren la mayor parte del género escrito hasta, por lo menos, el primer cuarto del siglo XX, cuando el género empieza a declinar en producción. En esta misma línea, no puedo dejar de consignar sobre el concierto de Kaufmann en el Movistar Arena, que debió interpretar más a autores alemanes que italianos y, por supuesto, aunque suene a broma, no debió elegir como pieza en uno de sus encores la bella canzone napolitana “Non ti scordar di me”, que popularizara en el mundo don Luciano, en una interpretación que, a pesar de los esfuerzos de muchos, ninguno, incluido Kaufmann, ha podido remotamente igualar.

En cuanto “La Traviata,” la presentación que vi el 20 de agosto me pareció de real excelencia. Hubiese sugerido más movimiento al inicio, con algo más de fantasía, colorido, luz y movilidad corporal, propia de los ambientes de fiesta, mas aun en una casa de licencia. Para la escena final de la obra, también hubiese querido, como contraste dramático entre principio y fin, impregnarla de mayor pathos en los instantes inmediatamente anteriores a la muerte de Violetta. No obstante, también esto es, por cierto, subjetividad pura, porque hay quienes prefieren los tonos más austeros y menos contrastivos, aunque se trate de la apasionada e italianísima “La Traviata.” En lo grueso, i. e., canto, actuación, escenografía – bien situada en los años decimonónicos- y orquesta, no hubo deméritos técnicos de ninguna especie. Todos los actores representaron brillantemente sus roles tanto en el canto como en lo histriónico; desde luego, partiendo de los tres principales, todos rusos: Violetta Valéry, la heroína, por la bella soprano Nadine Koutcher; Alfredo Germont, por el tenor Sergey Romanovsky; y Giorgio Germont, por el bajo Igor Golovatenko). En suma, fue una muy buena mis en scène de la obra más popular de Verdi.

“La Traviata,” su esencia, argumento e historia:

Verdi es un autor de óperas romántico. Vivió la época del Romanticismo, creyó y se imbuyó en ella, incluido en el plano político. Un espíritu así, no podía dejar de sentirse impresionado por la lectura de una de las novelas románticas más emblemáticas, La Dame aux Camelies de Alejandro Dumas (hijo). Tanto es así, que Verdi viajó a París a ver la teatralización de la novela, lo que, en definitiva, lo decidió a transformarla en ópera. No tanto por razones de derechos de autoría, sino más bien por el prurito individualista que acusa cualquier autor romántico, Verdi, aunque siguió muy de cerca el argumento, ordenó a su guionista Francesco Maria Piave cambiar los nombres de los personajes, más sin separarse de su vena humana netamente francesa, de los ambientes parisinos ni los de la campiña de la Francia del siglo XIX. En cuanto al argumento, sólo agregó situaciones que multiplican el dramatismo de la obra, lo que consiguió plenamente.

Polémica fue “La Traviata” en sus tiempos. Aunque parezca increíble, el estreno de la ópera en 1853, escrita en la época de mayor prestigio y madurez artística de Verdi, fue un estruendoso fracaso. Verdi ya era el autor de las óperas más populares de su tiempo; esto, especialmente, porque su mayor contendor artístico, el gran Gaetano Donizetti, había muerto algunos años antes, completamente loco. A poco del estreno de “La Traviata” Verdi ya había triunfado ampliamente con magníficas obras, como “Rigoletto” y “El Trovador,” y su trabajo era admirado y conocido en los mejores escenarios de Europa. El fiasco inicial que sufrió aquella su última obra tiene, sin embargo, una explicación: la mojigatería e hipocresía existente en la ultra-religiosa y conservadora Italia de esos tiempos. En efecto, los artistas que la estrenaron, intimidados por el tóxico ambiente conservador vigente, cantaron desconcentrados, sin inspiración alguna, mientras la orquesta hacía lo mismo. La propia novela de Dumas, que inspiró a Verdi, ya había sido catalogada como inmoral en algunos círculos eclesiásticos franceses, y ni hablar, en los italianos. En los púlpitos de la pudorosa Roma no se recomendaba su lectura. Para comprender mejor todo, es preciso, brevemente, ir al argumento de la obra:

Alfredo Germont, un joven parisino, vástago de una familia burguesa de cierto rango, asiste, por invitación de amigos, a una fiesta en un lujoso lenocinio, en que descollaba la belleza de la joven cortesana Violetta Valéry. Alfredo se enamora perdidamente de ella, y le declara su amor. Violetta, aunque frívola amante transitoria de nobles y magnates, también se siente atraída por el apuesto joven, y aunque se resiste a abandonar la libertad y los bienes que le garantiza su profesión, finalmente cede a los avances de Alfredo. En ese instante de duda, irrumpe la soberbia aria Sempre libera, uno de los mayores desafíos para una soprano:

Sempre libera folleggiare di gioia in gioia, Vo´che scorra il viver mio, pei sentieri del piacer, nasca il giorno, o il giorno muoia, sempre lieta ne´ ritrovi, a diletti sempre nuovi, de volare il mio pensier.

(Siempre libre quiero ir de alegría en alegría, quiero que así transcurra mi vida para así sentir placer. Nazca o muera el día, siempre alegre quiero encontrarme con nuevas alegrías, haciendo volar mi pensamiento).

Sin embargo, Violetta, comprendiendo por fin la vaciedad de aquella vida, decide abandonarla y seguir al joven. Invierte sus ahorros en una modesta casa en la campiña, en la cual vivirían juntos para siempre. Alfredo descubre que el cortijo no era de propiedad de Violetta, y decide volver a París a realizar los trámites bancarios necesarios para también contribuir, con su propio pecunio, en la adquisición de la propiedad. En ese intertanto, llega al lugar el padre de Alfredo, Giorgio Germont para solicitar a Violetta que se separe de su hijo. La razón es que el noviazgo de la hermana menor de Alfredo ha sido condicionado por la familia del novio, de modo que la niña no será admitida en ella mientras su hermano, Alfredo, tenga relación con la cortesana más conocida de París. Violetta se resiste, pero finalmente cede, y a instancias de don Giorgio, escribe una carta a Alfredo en que le dice que no lo ama y que su verdadero amor es el barón Douphol. Alfredo, al recibir la carta, parte a París enceguecido de ira, para enfrentar a Violetta. La encuentra en un casino, participa en un juego de ruleta, gana mucho dinero, y luego de insultar a Violetta delante de todos, lanza sobre ella el dinero ganado. Giorgio Germont, en busca de su hijo, sabiendo que puede cometer una locura, llega al lugar e increpa a su hijo por aquella acción. Lo mismo hace el barón Douphol, quien lo desafía a duelo. Producido el duelo, Alfredo hiere gravemente al barón, y como tales lances estaban prohibidos en Francia, debe huir del país. Poco tiempo después, Violetta, arruinada, abandonada por sus amigos, mientras su belleza desvanece, contrae una mortal tisis. A su lecho de muerte, llegan, arrepentidos, Alfredo y su padre. Ya es tarde, y la joven muere. Es en esta escena en que tenor y soprano, Alfredo y Violetta, interpretan uno de los duetos tenor-soprano más bellos de la historia de la ópera, la diáfana aria Parigi, o cara, que sigue

noi lasceremo, la vita uniti trascorreremo, de’ corsi affanni compenso avrai, la tua salute rifiorirà… Sospiro e luce tu mi sarai, tutto il futuro ne arriderà.

(Querida, dejaremos París, la vida recorremos unidos. Te resarcirás de los sufrimientos pasados y tu salud volverá a florecer. Esperanza y luz serás para mí, todo el futuro reirá para nosotros).

Con leves cambios, este es, grosso modo, el argumento de “La Dama de las Camelias,” que tanto impresionó a Verdi. Mas, no sólo eso. La joven cortesana de la novela, Margarita Gauthier, realmente existió, y estuvo ligada a la vida sentimental más íntima de Dumas. Tanto es así, que toda la historia no es sino la historia de amor que vivió Dumas con ella. Es aquí donde no puedo dejar de evocar la figura de la mujer que realmente inspiró la novela y la ópera, la joven Marie Duplessis.

Marie Duplessis, cuyo nombre real era Rose-Alphonsine Plessis, era una joven provinciana de origen muy humilde que llegó a Paris, a los 15 años, en 1839. Cuenta la historia que era una joven bellísima, belleza que varios pintores de la época, entre ellos Edouard Viénot, inmortalizaron en conocidos retratos. No fue difícil para la joven conseguir trabajo. El primero fue en un restaurante y más tarde en una lujosa tienda de lencería, hacia donde llegaban las mujeres de la más alta y exquisita sociedad. Por su refinamiento y ambición, pronto se convirtió en la más deseada cortesana de París, llegar a ser mantenida por nobles, aristócratas y pródigos millonarios. Su mayor identidad era llevar siempre en su escote dos o tres camelias; de allí, por supuesto, el apelativo que la hizo conocida, “La Dama de las Camelias.” Obviamente, de allí también el nombre de la novela. Tuvo su propia casa de licencia en la grande ville, y fue allí donde la conoció Dumas. Como en la novela, los dos jóvenes, a la sazón ambos de veinte años, iniciaron un apasionado idilio. También, como el relato novelístico, Marie renunció a su disipada vida y partió con Dumas a su casa de campo. Sin embargo, por razones que no se conocen a cabalidad, Dumas la abandonó, de manera que aquella relación sólo duró un año. La joven, abandonada por su amante, volvió a su antigua vida en París. Poco después casó con un noble, el conde Perregaux, un anciano que según cuenta la historia, veía en ella a su hija muerta de tisis; es decir, Marie ya acusaba entonces los síntomas de la enfermedad que la llevaría a la muerte. Fue abandonada por Perregaux, casó luego con otro hombre de fortuna, y tal como relata la novela, poco tiempo después murió de tisis, a los 23 años.

Indirectamente aquel singular y romántico personaje, también estuvo ligado a Verdi. El compositor enviudó muy joven, a los 27 años, y poco tiempo después de la muerte de su primera mujer, inició una apasionada relación con una de las sopranos mejores de aquellos tiempos, Giuseppina Streponi. En los comienzos de su relación decidieron no casarse, aunque ambos podían hacerlo. Esto significó el rechazo de amigos, familiares de ambos, y desde luego, del público y el cominillo social, que tenía graves reparos a la vida personal de Giuseppina. El que fuera el suegro de Verdi, Antonio Barezzi, se lanzó públicamente contra Verdi.

En verdad, no había mucha distancia entre Marie Duplessis y Giuseppina. A ésta se la acusaba de ser una mujer inmoral, de haber tenido muchos amantes de los cuales tuvo varios hijos ilegítimos, todos muertos de pequeños, etc. Ante la pública representación que hizo Barezzi de aquel “escándalo” y sobre todo en respuesta a los ataques que pronunció sobre Giuseppina, Verdi no vaciló en responderle, también de manera pública. La misiva dice en algunas de sus líneas:

Una mujer habita en mi casa. Es libre, independiente, y ama, como yo, una vida solitaria. ¿Quién sabe cómo son nuestras relaciones, nuestros asuntos, nuestros vínculos, los derechos que yo tengo sobre ella y los que ella tiene sobre mí? ¿Quién sabe si actuamos bien o mal? Incluso, si estuviera mal, ¿quién tiene derecho a lanzar una condena? En mi casa se le debe a ella un respeto tan grande como el que a mí se debe, y a nadie le está permitido faltarle ese respeto.

No mucho tiempo después, Verdi y Giuseppina se casaron, y vivieron juntos hasta la muerte de ella, en 1887. Sólo poco más de tres años después, en enero de 1901, falleció el autor, en su conjunto, de las óperas más populares y conocidas, Giuseppe Verdi, el genial creador de “La Traviata.”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: