“AIDA” EN EL METROPOLITANO DE NUEVA YORK

Met_Logo_StackPor Haroldo Quinteros

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Tübingen. Profesor invitado en las universidades de Heidelberg y Tübingen.

 

 

 

El Teatro Metropolitano de Ópera de Nueva York, el más importante del género existente en Estados Unidos, abrió su temporada 2015 el 10 de enero pasado, a las 13:00 horas. Lo hizo con la más importante de las óperas mayores que se han escrito, “Aída” de Giuseppe Verdi.  Estuve allí. No es poco decir, no sólo por la exclusividad del evento, sino porque, después de todo,  es difícil hacerlo para un chileno que vive en su país, y provinciano, además. En fin, aunque no tiene la menor importancia pública esta sensación personal,  me ha sido irresistible expresarla.  Al fin y al cabo, fui espectador directo et in situ de todo lo que puede ofrecer en el arte un país tecnológicamente superdesarrollado,  y justo con la ópera que, muy por sobre todas las demás,  ofrece la oportunidad de exhibir todo lo que el bel canto puede ofrecer,  desde solos en todas las voces, hasta coros masivos  y despliegue de gran orquesta, así como los sofisticados recursos materiales y técnicos que el genio humano ha creado en nuestros tiempos para ser dispuestos en el arte. Por cierto, fue una presentación magnífica; en verdad, perfecta.

“Aída” tuvo un origen de opera magnifique .Situémonos en la segunda mitad del siglo XIX, cuando Verdi, aunque ya se  había acogido voluntariamente a retiro, y, por lo tanto, ya no escribía, todavía era conocido universalmente como el compositor de óperas más conspicuo del mundo. Egipto, país entonces perteneciente al viejo Commonwealth inglés, se occidentalizaba aceleradamente.  Los ingleses habían ocupado el país militar y administrativamente en calidad de colonia, y, por supuesto, no podían dejar de introducir en él tanto su propia cultura nacional como, en general, la europeo-occidental. El virrey de la colonia, Ismail Pasha, había sido instruido para  construir un nuevo gran teatro de ópera en El Cairo, y para ello necesitaba una obra de estreno. Qué mejor, pensó, que ofrecer ese trabajo a Verdi. El compositor, en un principio, rechazó la oferta. Sin embargo, Pasha no se desanimó y recurrió a un poderoso recurso: acudir a la conciencia de ciudadano universal que Verdi, efectivamente, era. Envió a Italia al mayor egiptólogo de la época, el historiador y arqueólogo francés Auguste Mariette,  que como tal vivía y trabajaba entonces en Egipto, con la sola misión de entrevistarse con Verdi y conseguir su asentimiento.  Mariette había descifrado cientos de textos en tumbas y papiros del Egipto del Antiguo Reino (2000-3000 a. C.), entre ellos, mitos, fábulas e historias, de las cuales mostró una a Verdi. Era la de Aída, una princesa etíope, hecho prisionera por los egipcios luego de una de las tantas guerras -victoriosas, por supuesto- que el poderoso Imperio de los faraones había sostenido con uno de los tantos reinos medio-orientales y africanos de la época. Verdi aceptó, por fin, escribir “Aida,” obra que completó en 1871. Muy sugestivamente, ese mismo año, apenas terminada la construcción del magnífico teatro de estilo neo-clásico europeo, el Cairo Opera House, la ópera fue estrenada en su escenario el día más importante de la civilización occidental, la noche del 24 de diciembre.  El guión fue encomendado por Verdi a su amigo y dramaturgo italiano Guido Ghislanzone, quien bajo la directa supervisión de Mariette y del propio Verdi, lo escribió ateniéndose rigurosamente a la antigua historia de la princesa etíope.

De “Aída” se conocen en todo el mundo, y ampliamente, por lo menos la fina y emotiva aria “Celeste Aída,” que irrumpe en el primer acto (infaltable en el repertorio de concierto de cualquier tenor), y la Gran Marcha Triunfal que abre el segundo. Con fastuosos decorados, escenas de ballet y acrobacia, despliegue de masas de soldados, nobles y sacerdotes que constituyen los coros, y carros de guerra tirados por caballos reales, “Aída” es, sin duda y per se, la mayor grand operaconocida,  pródiga en efectos dramáticos, visuales y musicales.  En lo argumentativo es, simplemente, una historia de amor.

El general de las tropas egipcias, el joven Radamés, se enamora perdidamente de su prisionera Aida, hija del rey de los vencidos etíopes, que también ha sido hecho prisionero.  El amor de Radamés es correspondido de inmediato por la bella Aída. Amneris, la hija del faraón, está enamorada de Radamés, y el faraón, en virtud de las hazañas del joven héroe, ha ofrecido a él la mano de su hija. Radamés, sin advertirlo, en un encuentro nocturno con Aída, le revela la trayectoria de la marcha del ejército egipcio para ejecutar la destrucción definitiva de lo que ha quedado del ejército etíope. El padre de Aída, que ha seguido a su hija, escucha esta información y la transmite a sus hombres. Radamés es descubierto por la guardia imperial egipcia y condenado a muerte por alta traición, aunque el ejército etíope es igualmente aniquilado por los soldados del faraón. A pesar del despecho que siente Amneris hacia Radamés y su odio por Aída, trata en vano de salvar la vida del hombre que ama. Radamés, el valiente general,  marcha a la muerte por lapidación (encerrado de por vida en una celda bajo la tierra). Aída, conocedora del destino del joven, ha logrado escabullirse hacia aquella celda, decidiendo así morir con él.

El elenco de lo que fue esta presentación de “Aída” fue, por supuesto, espectacular, además de la perfecta dirección de la orquesta por el director italiano Marco Armiliato.  Actuaron la muy conocida soprano Tamara Wilson en el papel de Aida, Marcelo Giordani como Ramadés,  la mezzo-soprano lituana Violeta Urmana  como Amneris, el ruso-gerogiano  George Gagnidze como el sacerdote Amonasro, y el bajo estadounidense Howard Solomon como el faraón.

En fin, un espectáculo inolvidable. Les aseguro que no lo fue sólo para mí, sino para todos quienes ese día 10 de enero de 2015 estuvieron el Metropolitan Opera House de Nueva York.

 

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