Violencia contra la Mujer

Por Haroldo Quinteros

Doctor en Administración Educacional por la Universidad de Tübingen, Alemania.

La Constitución política de cualquier estado que se precie de civilizado establece que toda persona, hombre o mujer, nace libre e igual a sus congéneres en dignidad y derechos. Esta es la pauta básica ético-jurídica  de la Ley, y la piedra angular  del Derecho. Entonces, en estricto rigor, envilecer la dignidad de un hombre o una mujer, puede considerarse hasta un acto contrario a la Ley, aun cuando ello se haga aparentemente en forma inocente a través de chistecitos misóginos, aunque los cuente un presidente de la república (por fortuna, hay uno solo en el mundo que lo hace; y por desgracia para nosotros, es el  nuestro).

En el transcurso del siglo XX, los movimientos sociales por más libertad, igualdad, tolerancia, dignificación para todos y  democracia,  tenían que tener como primera bandera a las mujeres, porque por miles de años, la sociedad patriarcal, profundamente ajena al conocimiento científico, había relegado a la mujer a la categoría de un ser inferior al hombre e, incluso, maligno (“la mujer es la fuente del pecado”, decían los clérigos medievales, y todavía algunos repiten esa estupidez en nuestros días). La mujer fue por siglos un objeto del hombre; obviamente, para ser servido por ella y para su satisfacción sexual. También para procrear, función que hasta sólo unos siglos, se creía que era sólo masculina. La noción bíblica semilla (el semen) y tierra (la matriz femenina), grafica muy bien este antiquísimo error. ¡Nada menos que no se sabía que la mujer ovula y es parte igual en la procreación!  El ensayista, profesor y teórico del pensamiento político Norberto Bobbio afirma certeramente que “los derechos nacen cuando pueden nacer.”  Así es, y los tiempos, felizmente, cambiaron; o mejor dicho, hubo una vanguardia de revolucionaros que los cambiaron, tras larga y dura lucha contra la opresión y el oscurantismo. La mujer, por fin, es ahora, por lo menos en la letra, libre y tiene los mismos derechos que el hombre. Sin embargo. aún en muchos países las mujeres son todavía legalmente discriminadas, un acto de violencia política ejercida por sociedades cuyas leyes aún tienen el viejo y anacrónico sesgo de género; es decir, las hacen los hombres de manera privativa para ellos. También todavía esa discriminación se da en países que explícitamente observan leyes que consideran a las mujeres  como iguales a los hombres. Tal es el caso de Chile. Las mujeres, teóricamente, ya tienen el derecho legal a la libertad personal, al divorcio, al sufragio, al trabajo remunerado, a una vida de elección propia, al ejercicio de la función política y a la felicidad personal, en la forma que ella, y sólo ella, elija;  pero en la práctica, todavía no gozan de esos derechos en plenitud. Lo peor, no obstante, es otra cosa: Chile marca un infamante récord en materia de violencia  contra la mujer. En ocasión de celebrarse hace poco en todo el mundo “El Día de la No–violencia contra la Mujer,” resulta muy pertinente referirse a este tema. Chile es un país en el que especialmente los hombres ejercen violencia contra las mujeres, particularmente en el hogar. Se trata de una forma de esclavitud, a la que se las somete a  través del chantaje de la manutención (aunque ellas se ganan con creces la vida trabajando más horas que los hombres). El hombre que golpeó o que, incluso, asesinó a su esposa, conviviente o novia, lo hizo porque la considera un objeto suyo, no como una persona libre e independiente de él.  Hay que ser firmes frente al flagelo de la agresión contra las mujeres, y no justificarlo en absolutamente ningún caso. A veces, en favor del agresor, se arguye que el pobre estaba fuera de sí por los celos, o ebrio, y, por lo tanto, no sabía lo que hacía.  Pamplinas. Nada justifica al cobarde que ataca físicamente a una mujer, puesto que nunca lo haría ante alguien superior a él en fuerza bruta. Es un deber ciudadano denunciar todo acto de violencia contra una mujer del que podamos ser testigos, en el vecindario, en la calle, en el trabajo o en hasta nuestro propio hogar. Sin embargo, más que eso, lo que hay que hacer es eliminar las causas de esa violencia. Empecemos por pensar si en Chile las mujeres tienen realmente los mismos derechos de los hombres. Observemos la miseria que nos rodea, que mucho más que los hombres, la sufren las mujeres más pobres, que se obligan a depender del marido o el conviviente, lo que las condena a una vida de servidumbre. Observemos también las prácticas culturales de nuestro pueblo, aquellas que tienen expresión diaria en el seno de cada familia, entorno laboral y social, y luego, preguntémonos, ¿qué cambios hay que producir para que todos los seres humanos de nuestro pueblo, incluidas las mujeres, vivan con los mismos derechos a la libertad, a la seguridad y  al desarrollo personal?, ¿qué tipo de convivencia y habilidades culturales necesitamos para solucionar los diarios conflictos y violencias en que se encuentran sumidas tantas familias, de las cuales las mujeres son las primeras víctimas?, y finalmente, ¿qué hacemos todos, y que hago yo por que eso cambie? Esa reflexión será más poderosa si la hacemos en conjunto, como sociedad entera, en todos sus rincones, y si  nos decidimos colectivamente a actuar. Termino recordando  las palabras de Valèry Giscard d’Estaing, ex – presidente de Francia: “Las mujeres todavía son discriminadas, y eso que no sólo son la mitad de la población mundial, sino, además, traen al mundo a la totalidad de esa población.

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